Elijo no creer

 Nadie parecía prestarle atención pero todos sabían que estaba. Ella llegó cuando ya había terminado la procesión y los caminantes se encontraban sentados en las sillas blancas de plástico que alguien había trasladado hasta la gruta. Indiferentes, todos sabían que había una extraña sentada al fondo, pero nadie la miraba.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba una misa pero ese día decidió asistir, la imagen de la Inmaculada concepción desde lo alto la hacía sentir atraída nuevamente. Recordó que tenía una estatuilla de esa virgen, sin saberlo. Y que muchas veces en sus viajes la había encontrado. Podía sentir su presencia y su amorosidad, esa paz con la que solamente ella puede envolverte. Se sentía feliz y agradecida, intentaba no juzgar lo que escuchaba pero no podía evitar sonreír frente a algunas afirmaciones.

Descubría en cada frase muchos de sus miedos y sus culpas, sonriendo recordó su primera comunión y su deseo de ser monja. Hubiera sido una monja muy devota seguramente, pero la atracción que sentía por la palabra era menor que su miedo.

No podía dejar de pensar en qué estaría pensando ella, la Inmaculada, al escuchar sobre sacrificios, manzanas, pecados, muerte, castigo, superioridad del hombre sobre la tierra…¿estaría triste? ¿Sería eso lo que Dios quiere de nosotros? ¡Qué miedo! Un Dios que nos castiga, que nos juzga, que nos pide sacrificios, que nos controla. Que es capaz de destruir el mundo, de matar a los hombres, de incendiar cuidades y pueblos, de darnos la espalda…

Que Eva fue la culpable de perder el paraíso, que María era Inmaculada porque Dios la había guardado así para que engendre a Jesús, que Dios creó al hombre para que reine sobre todos los demás seres, ¡Qué locura!

Y la eucaristía, un sacrificio…

Ella sabía que no podía comulgar sin haberse confesado, pero decidió cerrar los ojos y buscar en su corazón…sintió paz y tranquilidad, a pesar de que le causaban gracia (y un poco de miedo) algunos descubrimientos sobre sí misma. Levantó los ojos y miró la estatua y le pidió permiso, sabiendo que, en realidad, su presencia estaba en todos lados.

La vió sonreír y haciéndole gestos de “todo está bien así” entendió que la Madre no juzgaba lo que ella veía, que respetaba la manera de todos y que se encontraba feliz por ese festejo.

Ella comulgó, miró a los ojos al cura que le dio la hostia para ver si se daba cuenta de que no se había confesado, pero no lo notó. Llegó con una sonrisa un poco desafiante y dijo el amén correspondiente.

En la oración, levantó las manos al cielo para recibir la gracia y se arrodilló cuando todos lo hicieron. Pero esta vez, era distinto. Comenzaron a brotar lágrimas de sus ojos y mocos de su nariz, sin tristeza ni culpa esta vez, sin ruegos. Lágrimas de amor, compasión y agradecimiento, por ella misma y por su vida, por el momento que estaba viviendo, por la claridad que sentía en su mente y en su corazón, por esa sensación extraña de sentirse bien.

No sentía culpa por nada, su corazón se encontraba feliz y su cara sonreía sinceramente. Pudo escuchar y reconocerse en cada frase, ¡Cuántas veces había creído que Dios le daba la espalda por sus malos pensamientos! ¡Cuántas veces había rogado y pedido milagros o misericordia! Mientras acuñaba el odio en su corazón, había suplicado.

Levantó el rostro al cielo y las manos también, se intercambió la paz con los que se encontraban cerca en un abrazo sincero entregando en cada uno un poco de su alma.

Le daban ganas de pararse y hablar, de decirles a todos que Dios nos ama, no importa lo que hagamos, que no existe tal cosa como el pecado, que somos libres de elegir pero que cada elección tiene consecuencias, que él nunca nos castiga, jamás, que sólo se trata de ser felices en esta vida, de amar y dejarnos amar, tanto por él como por todos, que María viene a recordarnos eso, que nos amemos profundamente reconociéndonos como hermanos, no importa en qué creamos, que desde el amor todo es maravilloso y abundante, que desde el amor se termina el sufrimiento que nos causamos, que no existe el infierno, que la tierra y todo lo que hay en ella tiene vida y no somos dueños de nada, pero somos habitantes de todo, incluso de nuestro cuerpo.

No podía sacarse la sonrisa de la cara pensando en el escándalo que se armaría si dijera todo lo que pensaba, pero entendía también que ellos, los peregrinos, tenían su propia verdad y que era tan real para ellos como para ella lo otro.

Y la Madre nos ama a todos por igual, no importa en lo que creamos. Nadie tiene razón y nadie está equivocado, o todos tienen razón y todos están equivocados. ¡Qué confusión!

Ella mira nuestro corazón pero no para juzgarlo sino para sanarlo. Ella nos acompaña cuando sufrimos y también cuando estamos felices. Ella, Madre amorosa sana nuestras heridas, las que nos hacemos a nosotros mismos. Ella nunca nos castiga, ella nunca nos juzga, siempre está y siempre va a estar. Ella no espera rosas y canciones, sólo quiere que seamos felices y que sepamos que nos acompaña, que la llevemos en nuestro corazón. Ella no nos pide nada a cambio de nada. Nos bendice todos los días si así lo queremos.

Con ella en nuestro corazón, con Dios en nuestro corazón, no hace falta nada más. El mundo habilita todos los caminos para recorrerlos, si queremos. Sin castigos, sin premios, sin infiernos, sin cielos.

No necesitamos esperar a la muerte para conocerla, o a Dios, habita en nosotros, si queremos.

Cuando terminó la misa se levantó despacio, saludó internamente a todos los presentes, le pidió a la Madre que la acompañe y la llene de su gracia, con los ojos cerrados y el gesto tranquilo se alejó, dejando atrás muchos años de dudas y culpas, de remordimientos.

Liberada y tranquila se alejó en el auto, mientras todos los presentes se preguntaban quién era la extraña sentada en el fondo.

Eligió no creer, para poder sentir a Dios en su corazón sin miedo esta vez, sin culpa, libre y entregada, haciéndose cargo de su vida y de su muerte.

Amén.

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