La sangre
Yo te libero, necesito que fluyas libre hacia todos los lugares posibles y que lleves y traigas aquello imprescindible para la vida.
Sé que tenés espinas ajenas, viejas,
estancadas, adheridas a las paredes ancestrales cargadas de antiguo y viejo. También
sé que tenés sonrisas, algunas también viejas, y otras nuevas, actuales, que
brillan en los bordes y fluyen también en tu corriente que se renueva en cada
instante.
No olvides pero tampoco recuerdes, eso te pido.
Dejá toda esa memoria cerca para poder transformarla en recuerdos de colores. Te
digo que no fue así como vos pensás, es vieja y debe quedar guardada en el
lugar y el tiempo exacto en que ocurrió, no es mía.
No hace falta que te detengas, ¡no lo hagas! ¡Por
favor! Seguí tu camino sagrado sin detenerte ni por un momento, ni por un
pensamiento, ni por un miedo…que cuando llegue el momento preciso y certero,
dejarás de existir así, como sos. Pero ahora, hoy, no es cuando.
Soltate, liberate de esas ataduras que te
detienen y de esos hilos invisibles que te sostienen dura a veces, asustada y detenida,
generando dolores indescifrables que detienen las intenciones de moverse.
Te entiendo, sé de todas las almas que acarreás
en vos, los dolores y las vidas que arrastrás en cada una de tus partes y en tu
todo completo, sé de tus vergüenzas y muertes solitarias, de tus lágrimas contenidas
y de los gritos no gritados, los silencios, las palabras sin decir, los
abandonos que sentiste como si fueran propios. De esa vez que te perdiste para
salvarme, y no lo lograste.
Pero ya no hace falta, hoy, en este momento y
en este presente, no es necesario que insistas en salvarme porque ya no
necesitás hacerlo. Ahora, te pido, que sueltes todo eso y que tomes lo nuevo,
el amor, la compasión, la alegría de estar acá transitando en paz esta nueva
etapa, que dejes entrar al sol y a la luna para que iluminen fuerte todo lo que
habita y corran las sombras que pudieran haber quedado encerradas.
Te escucho, escucho el sonido burbujeante y
furioso de tu andar apurado pero armonioso, siempre igual o casi igual,
latiendo en todas partes, llevando alivio y oxigeno renovado, retirando casi
sin esfuerzo pero con un poco de aburrimiento siempre lo mismo. Lo entiendo. Comprendo
tu cansancio porque es el mío también.
Te siento, percibo con el tacto interno tu
suavidad y tu dulzura, tu movimiento certero e incansable lleno de vida y
permanencia, mientras dure.
Te huelo, ese olor metálico y sabroso
inconfundible y único que penetra aquellos lugares a los que no podés acceder.
Te veo. Veo cada parte y veo el todo fluyendo
empujado por fuerzas invisibles pero vivas y conscientes, más conscientes que
yo. Veo cómo te detenés ahí, en ese lugar, me lo mostrás y me advertís. Siento tu
pereza y esfuerzo al atravesar ese lugar diminuto, más pequeño que el resto.
No lo hagas, no hace falta, si mirás bien te
vas a dar cuenta de que ese lugar en realidad no existe, es tan diminuto como
los demás. Pero ahí, vos crecés hasta sentirte enorme, sin darte cuenta y sin
quererlo, en esa puerta comenzás a recordar aquello que una vez fue y que te
llena y te agranda. No es la puerta, sos vos, soy yo, que justo ahí se nos
ocurre volver atrás en las generaciones y en las vidas entrelazadas con algunos
sucesos que, a simple vista, son inconexos, pero para vos son los mismos.
Soltalo.
Soltemos.
Suelto.
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