Llena pero vacía

Levantó el teléfono, pero no supo a quien llamar. ¡Tenía tantas cosas que decir y nadie a quien contarle! Empezó a recorrer los contactos por orden alfabético y se dio cuenta de que de los setecientos y pico, ninguno estaba disponible.

Suspiró largamente mientras se acomodaba en el sillón. Recordaba la época en que siempre había alguien para ella, y se podían encontrar y contarse mil cosas importantes…¿Qué pasó?

¿Cuál es el sentido de que pasen cosas si no lo puedo contar? ¿Si a nadie le importan? Un cuadro que nadie ve, un cuento que nadie lee, un llanto que nadie escucha, una verdad que nadie conoce…¿para qué?

Sus viajes hacia adentro habían tenido un precio, pasaba tanto tiempo con ella que el mundo se había diluído en cierto sentido, ella era una desconocida para todos incluso para ella, una silenciosa presencia intentando volver a entrar al mundo sin salir de su interior.

Se esforzaba pero no tenía nada que decir, aunque las palabras se agolpaban en su garganta intentando salir sabía que no era posible. El mundo había cambiado y entre ella y él había abismos de distancia.

Se habitaba. Ocupaba todos los espacios en ella, en la sangre roja y fluida estaba, en los latidos a veces lentos y a veces acelerados del corazón y de cada vena bombeando, en los pulmones, en cada órgano se encontraba. Tenía verdades de ella misma que iba descubriendo y le dedicaba mucho tiempo a registrarlas y observarlas. Había aprendido que las verdades son propias, y que no tiene sentido compartirlas en cualquier momento. Había aprendido que no tiene sentido escuchar lo que no sabemos, no hace llaga.

Sentía agradecimiento por cada uno de los encuentros molestos e incómodos que le ocurrían, siempre había algo nuevo que aprender ahí, en ese enojo, en esa culpa, en ese dolor que otros le mostraban. Pero no podía decirlo, ¿¡Quién iba a entender!?

Sin embargo, se sentía llena, completa, pero sola. No era una soledad de esas que duelen, sino más bien una soledad de esas que completan espacios, que ocupan.

Sentía la soledad del otro, esa sensación de estar afuera del mundo y no pertenecer, como si una catástrofe hubiera desaparecido de la faz de la tierra todo lo conocido y a todas las personas, a ella misma, y ahora habitara en un planeta distinto del principio, un poco hostil pero sereno, calmo, con ritmo lento y cálido.

En todo se veía y todo la habitaba, sin perturbarla. Cada tanto recibía a desconocidos que iban por su paz, y ella la brindaba feliz de poder compartirla.

Pasaba mucho tiempo con ella misma, todo el tiempo que antes había usado para estar afuera ahora lo invertía estando adentro. Era un equilibrio difícil de sostener, lo admito. Vivir en el mundo exterior habiendo conocido el interno es un poco complicado, tienen leyes distintas, colores distintos, movimientos diferentes.

Adentro hay silencio, calma, paz, un poco de vacío y no se necesita nada. Afuera, están los otros, las personas. Las necesitaba y ahí estaban, pero alcanzarlas se hacía cuesta arriba casi siempre. Sentía que tenía que entrar en sus mundos ruidosos, incoherentes a veces, preocupados todo el tiempo, acelerados y llenos de esperanzas y esperas, de postergaciones. Un mundo que ella ya no podía habitar de la misma manera, lo había perdido.

A veces tenía miedo de sentirse sola alguna vez, sabía que en cierto sentido y desde cierta perspectiva, lo estaba. Pero no se sentía así, al menos no se sentía de la misma manera que alguna vez lo había sentido. Muchas veces en su vida había sentido la soledad como un castigo, como algo doloroso, un vacío interno y profundo que la llenaba y la sacaba hacia afuera buscando llenarlo, tomando a todos y a todo lo que estuviera a su alcance con la esperanza de que ese sentimiento desapareciera. Pero nunca lo había logrado. Las ausencias la habían llenado alguna vez, los abandonos, las soledades, los después….

Se habitaba. Se llenaba de ella todo el tiempo, también se llenaba de todo y de todos, ya no como antes ¡No! Como ahora. Llenaba sus espacios de silencios sin palabras, sin pensamientos, de aromas y vacíos, esos que antes la aterrorizaban profundamente y hoy ya no podían asustarla.

Si tenía miedo, ya no de perderse porque eso es imposible, de desencontrarse quizás. De perder la voz de tanto no hablar, de no saber qué decir cuando haya que decir algo, de no saber qué vestir y terminar envuelta en una sábana de tanto desinterés. Por suerte, el cuerpo físico le requería atención todo el tiempo, hambre, sueño, dolor, cansancio…¡Qué alivio! Si no fuera por él, a veces, muchas veces, no sabría que está respirando.

El camino es hacia adentro, le dijeron…pero no le advirtieron que lo difícil era volver.

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