Mi experiencia con el patriarcado

-Mire, llévele a su marido el tornillo para que vea con qué pinchó… me dijo el señor de la gomería cuando fui a emparchar la rueda de mi auto.

-¿Tu marido soldó la mesa? Me preguntó el encargado de la feria cuando llevé las muestras para feriar.

-Deberías teñirte…tenés que bajar de peso…arréglate las manos….deberías depilarte…

-¿Vas a ir sola? ¿No te acompaña tu marido?

Cuando viene alguien a mi casa y le muestro las estanterías de hierro y madera que hice, primero la tocan para ver si está firme, después se fijan si está a escuadra, después me preguntan si las hizo mi marido, por último, no me creen que las hice yo…

Cuando pinto siempre hay alguien que me dice que al fin hago cosas de mujeres…

Cuando decidí estudiar tuve que dejar a mi hijo con mi familia…me acusaron de abandonarlo, de no atención…por suerte mi madre me apoyó porque mis suegros se negaron…

En un parcial de electricidad y magnetismo que aprobé, un compañero me felicitó porque, siendo mujer, era una de los dos que aprobaron (el otro era hombre)

Cuando me miro las manos, con las uñas cortas  y los dedos gastados, no por cocinar ni por tejer sino por soldar y lijar, me siento hombre…

Soy la única mujer en un equipo de hombres en el trabajo, y siempre tengo la sensación de que tengo que esperar para hablar.

Sufrí acoso laboral de mi compañero en mi trabajo, violencia verbal y desvalorización, al contarle a mi coordinador (que además era mi marido) lo desacreditó diciendo que estaba exagerando…

Mi nuevo compañero de trabajo, me interrumpe y me corrige continuamente. Yo lo permito por no generar conflicto.

Soy madre, y tengo la culpa de todo.

Soy hija, y tengo la responsabilidad de todo.

Alguna vez no supe decir que no, y el sí siempre es la respuesta.

Estudié porque a los treinta años no podía ingresar al mercado laboral sin una profesión.

Me costó mucho recibirme, siempre sentí que se me pedía más que a los hombres.

Siempre oculto mis proyectos hasta que supero el miedo de contarlos, por el temor de tener que pedir permiso.

Me propuse ganar lo suficiente para mantenerme, no quise terminar limpiando ni dependiendo económicamente de nadie.

Fui madre abandónica, estudiante obsesiva, aprendiz entusiasta, esposa indiferente, mujer intensa.

Las mujeres no tenemos pasiones, somos intensas…

Las madres no somos mujeres, somos cuidadoras frustradas que dejamos atrás nuestros deseos o sueños, que no vivimos…

Odio cocinar, limpiar, planchar, ir a la peluquería, usar tacos, pintarme las uñas, hacer las compras, limpiar la heladera…

Me encanta leer, aprender, estar en mi taller, crear, juntar chatarra de la calle y transformarla, comprar herramientas, juntar clavos y tornillos oxidados, ir a la ferretería, ir a la chatarrería, los muebles y autos antiguos, las cosas rotas para reparar, las llaves, las monedas, las telas de colores, las pinturas, las plantas con flores, los lugares solitarios, las chimeneas, las montañas y los ríos, las piedras, tapizar una silla que encontré en la calle, repararla y lucirla en mi comedor, pensar una solución para un problema, hacer las cosas mal sabiendo que en algún momento me van a salir bien…

Me encanta escuchar y también hablar, me gustan las películas y las series, me gustan las fotos y no me gustan los poemas…

Me encanta el asado pero no sé hacer el fuego…me encanta la piza pero odio amasar…me gusta estar en mi casa más que cualquier cosa, me gusta hacerle una caricia a mis hijos, cuando me dejan…me encanta que mis gatos duerman conmigo y que mi perra descanse a mi lado. Me gusta el silencio y a veces, la música.

No soporto a los sufridores, y en general, las mujeres tenemos ese síndrome. No entiendo por qué algunas mujeres y algunos hombres se sacan fotos semidesnudos y las suben a las redes…no entiendo a la gente que no sabe que decir o cómo decirlo…no entiendo la locura, ni la depresión, ni el aburrimiento…

Siempre quise ser hombre, ellos son libres de dejar cualquier cosa sin ser juzgados. Aunque ellos no pueden dejar de trabajar, pero nosotras sí…tiene un precio, el precio es tu vida, por supuesto…

Ellos pueden fumar o estar sucios, o llegar tarde y no dar explicaciones, pueden acomodarse en el más terrible desorden para ver la tele. Pueden usar zapatos y camperas cómodas en cualquier situación, pueden volver tarde borrachos y hasta es divertido.

Ellos pueden ser amigos apenas se conocen y nosotras, tardamos mucho más en aceptarnos, porque, las mujeres no sabemos ser amigas…

La mayoría de mis amigos más cercanos siempre fueron hombres, porque las mujeres y yo no congeniábamos…

Uso mi estupidez femenina para zafar cuando me mando una cagada.

Le digo a las mujeres jóvenes que usen eso que tienen para conseguir lo que quieren, sin venderse. Que lloren si hace falta, eso siempre funciona si hay un hombre adelante, pero no si hay una mujer…conocemos nuestras tretas.

Yo soy la que junta todas las herramientas luego de que un hombre reparó algo. Yo soy la que levanta los platos y las zapatillas que quedan tiradas por la casa. Yo soy la que se encarga de llamar a alguien para que arregle lo que se haya roto.

Mi celular y mi auto están a nombre de mi marido. Yo me encargo de comprar los regalos, cuando hay que hacerlo. De las curitas y las bolsas de consorcio también me encargo yo.

Tuve que pelear mi espacio físico y me costó una separación. Tuve que empujar fuerte para ser una versión de mí que me haga feliz.

En mi adolescencia, varias veces me tocaron sin mi permiso, o me mostraron los genitales sin que yo lo permita ni lo quiera, nunca me defendí, seguro era mi culpa.

Tuve apodos y cuando querían insultarme, en general me decían puta, y yo lloraba. Con mis hermanos nos peleábamos de igual a igual, a las trompadas…aunque siempre perdía.

Tenía grandes pechos que muchas veces me pusieron en problemas y en el centro de las miradas, por eso usaba ropa grande y con el tiempo, llené la ropa. Me siento más cómoda así, poco atractiva en un mundo en el que ser atractiva es peligroso.

“Mucha teta para tan poca cola”, me dijo un amigo una vez…

Cuando terminé la primaria, mi mamá no quiso mandarme a una escuela privada que me daba una beca porque “era muy difícil para mi”. Me hubiera encantado ir a una escuela técnica, pero fui a un comercial…

Tuve que aprender a dormir con los ojos abiertos. Tuve que aprender a mirar para abajo. Tuve que aprender a hacerme la boluda frente a un roce. Tuve que aprender a no contar ciertas cosas. Tuve que aprender a callarme.

Tuve que aprender a ser varón para sobrevivir en este mundo de hombres. Ellos tampoco la tienen fácil…lo sé…pero tienen más puertas abiertas, nacieron con permisos que nosotras no tenemos.

Esta vez no me salió un cuento, me salió una lista de cosas que observé durante mucho tiempo en mi vida y que tienen que ver con ser mujer en un mundo de hombres, donde la ley, la norma es ser hombre y por ser mujer pagamos las consecuencias.

No es raro que esto sea así, después de todo, somos las brujas malvadas que seducimos a los pobres e indefensos hombres y los obligamos a morder la manzana, una y otra vez. Somos “la otra” en las relaciones, somos las que cumplen con sus tareas, invisibles. Somos las que construyen los espacios que otros disfrutan.

Y dejar de ser esto requiere mucha fuerza y mucha templanza, por sobre todo, creo yo, requiere claridad y discernimiento. Cosa que las mujeres, no tenemos, por supuesto.

Equilibrio, creo que ahí está el desafío…encontrar el equilibrio interno entre lo masculino y lo femenino, aunque creo firmemente que la sociedad aún no está lista para eso, creo que estamos en el camino correcto. No igualdad, equidad sin competencia ni diferencias falsas. ¿Somos distintos? No lo sé…físicamente puede ser, energéticamente tal vez…lo demás…lo decidimos nosotros, creo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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