Quimera
La arena estaba caliente pero suave, la piel se apoyaba suavemente sobre ella sintiendo el ardor de su roce. Las piernas desnudas y flexionadas permitían que la brisa tibia las acariciara serenamente, sin apuro. Las manos y los brazos sostenían el resto del cuerpo que ardía bajo el sol del mediodía que, implacable, la obligaba a entrar al agua exageradamente salada. Allí, las burbujas de mar la invadían completamente insistiendo en sacarle la bikini que se anudaba levemente en su cuello. Se sumergía lentamente para observar el fondo y a los pequeños peces que distraídamente la tocaban.
A su lado, ya en la playa, una mesa pequeña y
redonda invitaba la bebida. Por tercera vez pidió una bebida que la camarera
trajo amablemente.
La observó nuevamente, con cada bebida que
pedía poder verla mejor. No veía su rostro pero algo en ella la atraía. Quizás su
sonrisa o el tono de su voz, esas palabras pronunciadas en otro idioma que
salían de su boca le provocaban un cosquilleo en la espalda y en el resto del
cuerpo. No se animaba a hablarle, en realidad no quería. Quizás, si hablaba
rompería el hechizo en el que la había envuelto.
Un poco le sonreía, aunque la ignoraba mirando
para otro lado cuando se acercaba con el deseo de que no detectara los pelos
parados de los brazos por su presencia, el movimiento del cuerpo intentando
ocultar las sensaciones que le provocaba su cercanía y su voz.
Al alejarse la miraba, pudo ver todos esos
tatuajes desparramados por el cuerpo, se preguntaba si habría algún lugar de su
piel sin dibujar. Su piel…se veía bronceada y fuerte, de esas pieles firmes y
suaves, pensó. Por su mente pasó raudamente una imagen de su mano acariciando
el tatuaje más grande que se encontraba en la espalda transpirada, mojada por
el calor insoportable del mediodía y las caminatas largas hacia las mesas. Dejó
pasar ese pensamiento rápidamente al sentir un estremecimiento en el cuerpo.
En la cuarta bebida pudo ver mejor sus manos,
tenía muchos anillos en todos los dedos y tatuajes también. ¡Cómo la atraían
los tatuajes! Un colorido dragón habitaba su muñeca y algunas flores hermosas
adornaban sus brazos dorados y húmedos. Una imagen fugaz de sus brazos
entrelazados pasó raudamente por su cabeza, una sensación de pieles acercándose
y manos agarradas fuertemente, resbaladizas por la transpiración.
Volvió a acomodarse en el suelo arenoso
intentando volver a la realidad, pensaba que el mareo que sentía debía ser
efecto de tantos tragos, pero necesitaba uno más, al menos, antes de irse. Quizás
pudiera mirarla a los ojos, quizás podría ponerle un rostro a esas sensaciones,
quizás ella también quería despedirse, mirarla a los ojos, hablarle en ese idioma
tan extraordinario que la envolvía con cada sonido resonando en su piel,
también húmeda y sedienta.
Entró al agua intentando despabilarse y volver
a su centro, corriendo sus pensamientos con un golpe de agua fría, quemándose en
la arena ardiendo que ampollaba sus pies alejando esas sensaciones extrañas que
la retenían en esa playa.
Pidió el último trago. La camarera se acercó
nuevamente caminando despacio, cada paso que ella hacía emitía una onda que
rebotaba en su cuerpo provocando un efecto de ondulación que la recorría desde
los pies hasta los pelos de la cabeza, intensificando el escalofrío que la
recorría despacio por la espalda.
Apoyó el vaso en la mesa y le dedicó una sonrisa,
sus miradas se encontraron por un instante fugaz en el que intentó adivinar si
la mesera también quería rozarla accidentalmente. La saludó con la mano
agradeciéndole por el servicio y se fue caminando hacia el bar meneándose tranquila
indiferente a su mirada que intentaba despedirse.
Al subir al auto ya cambiada y seca, cómoda,
prendió el aire acondicionado acurrucándose en el asiento del acompañante
mientras su marido acomodaba a la niña en el asiento para chicos.
Había dejado bastante propina, pensó. El servicio había sido estupendo aunque los tragos eran bastante comunes. Se durmió sonriendo mientras apoyaba su mano izquierda en las piernas de su esposo.
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