La bestia


La bestia

¡De sólo pensarlo me hierve la sangre! Se dijo en voz baja, intentando apaciguar la furia que comenzaba a brotar desde el estómago y se arrastraba pesada y libre hacia arriba, atravesando el pecho, inundándolo de brasas ardientes, colmando su garganta de espinas y vidrios rotos, atormentando su mente con miles de pensamientos bruscos e incoherentes entreverados y enredados entre sí.

Una frase corta, un mensaje en el teléfono de un desconocido, sencillo, quieto, indiferente: “Consiga un abogado” le dijo ese empleado sin nombre y sin intención de resolver el problema que ellos, alguno de ellos, había generado.

En su mente comenzaron a desparramarse imágenes fugaces de ruedas pinchadas, de ventanales rotos, de escándalos, de horas sentada en esa silla y de empleados de seguridad empujándola hacia afuera. De discusiones acaloradas y llantos furiosos, sillas volando y papeles quemados. Todo eso iba a hacer, ¡no saben con quién se metieron!

Y en esas discusiones mentales los veía sonriendo con desparpajo burlándose de su situación, ¡que ellos habían provocado!

-“¿Cómo que necesito un abogado? ¡¿Qué les pasa?! Yo hice todo bien, firmé todo lo que me dijeron que firme, pagué todo lo que me dijeron que tenía que pagar, ¡¡¡¿y ahora necesito un abogado?!!!”

La furia la consumía cada vez mas internamente, más profundamente, el cuerpo le temblaba y su piel se había puesto roja como si estuviera muy cerca de una hoguera enorme, con la boca seca y las lágrimas de odio inundando su cara decidió detenerse en la banquina un momento para no chocar, se dio cuenta de que había recorrido unos cuantos kilómetros sin notarlo, ya estaba cerca de su casa.

Puso las balizas y estacionó cerca del cordón, casi nunca había estacionado tan bien como ese día, su falta de atención al mundo la ponía más precisa, pensó después.

Cerró los ojos con la intención de entender ese brote físico y emocional que la estaba atravesando, pero, por más fuerza que hacía lo único que veía eran los rostros burlones de los empleados comentando entre ellos lo poco que les importaba su situación, la que ellos habían provocado.

En un intento de frenar el tornado interno, pero sin ningún control sobre sí misma, envió a uno de sus muertos para que acompañe a “ese” que le había mandado el mensaje devastador. “Que sienta tu olor a podrido”, le indicó.

Y en ese preciso momento, a kilómetros de distancia, el empleado se descompuso al sentir un olor a carne putrefacta a su lado, cayendo casi desmayado en una silla cercana, se puso pálido y sus ojos dejaron de cerrarse, casi instantáneamente perdió la noción del suelo y del equilibrio, no podía contener las ganas de vomitar, las náuseas le nacían en algún lugar desconocido de su cuerpo.

Repasó en su mente lo que había comido durante el día suponiendo que se había intoxicado sin notar en ningún momento la presencia de “su muerto”. Nadie más que él podía sentir el olor, era suyo ahora, lo perseguía.

El pobre muerto sólo podía hacer aquello para lo que lo habían enviado, y ahí se quedó un buen rato desparramando su hedor, poniendo gusto a podrido y a viejo en la boca del empleado indiferente a su sufrimiento.

Sin pensamientos, sin objetivos, sin argumentos, sin posibilidades de hacer otra cosa, el espectro sólo cumplía su cometido sin juzgar esperando solamente la orden de regresar a su purgatorio para seguir con su propio calvario. Después de todo, estar ahí haciendo algo era mejor que estar en ningún lado, pero eso tampoco lo sabía.

La pobre alma sólo hacía lo que “ella” le pedía, y hacía ya mucho tiempo que no le pedía nada. En algún lugar supo que se había olvidado de su existencia hasta ese momento. Una pequeña chispa de ilusión se despertó en su algo, o en su nada: “quizás pudiera liberarme”, pensó, aunque ya no sabía qué significaba eso y ese pensamiento se le escapó tan rápidamente como había llegado.

En el auto la mujer se debatía tratando de adivinar en qué momento había aprendido a mandarle un muerto a alguien, nadie se lo había enseñado, nunca lo había visto, no sabía que eso existía…”¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Qué hice?” con la cara empapada de llanto y de transpiración invocó a sus guías pidiendo asistencia, pero algo se había liberado, algo que ya no quería volver a esconderse y que impedía que sus guías intercedieran, su mente estaba enardecida y su cuerpo pedía a gritos por venganza.

Tibiamente se asomaban pensamientos de calma que automáticamente eran devorados por la locura desatada. Respiró varias veces intentando controlarse, pero sus pensamientos volvían sobre el empleado y sus compañeros.

Resistía la tentación de mandar mas muertos de su propio ejército de muertos, que ahora sabía que tenía.

Supo también que podía hacer más, mucho más que impregnarlos con el olor a carne podrida y ese conocimiento la aterrorizó.

Sabía que iba a tener consecuencias, sabía que todo lo que estaba enviando iba a regresar a ella, pero sentía en lo más profundo de su ser una satisfacción indescriptible frente al poder y la fuerza que había descubierto.

También tuvo miedo, mucho miedo. No sabía qué era lo que había estallado en su interior abriendo las puertas a esta memoria guardada pero no dormida que la había invadido completamente dejándola afuera de ella misma…o adentro…¿Quién era ella?

En un intento por reponerse respiró varias veces y rezó intentando llevar su atención a una estampita que tenía en la guantera, implorándole a la madre que la rescatara de ella misma.

De a poco, muy lentamente, recobró la cordura. Sin embargo, había conocido a la bestia. Le ordenó a su muerto que regresara a su lugar mientras intentaba salir del estupor que le provocaba ese conocimiento. Supo entonces que no era sólo uno, eran muchos, miles de almas recolectadas en cientos de vidas depositadas en su purgatorio personal. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué quería hacer? ¿los iba a liberar? ¿y si los necesitaba?

Ese poder…esa fuerza…¿es mía?…se preguntó. Decidió dejar ahí ese pensamiento y enterrar lo más profundamente posible esas sensaciones de victoria y de pánico que había experimentado, confiando en que en algún momento todo iba a ser develado.

No podía ignorar lo que había visto, sentido y experimentado, pero sí observó cómo esa furia descontrolada había aparecido de la nada, desde adentro, como si hubiera estado agazapada esperando la ocasión de extraerse y un breve mensaje de texto había sido la llave. Tuvo miedo de ella y también por ella. ¿Qué era capaz de hacer? ¿Hasta adonde podía llevarla la bestia?

¿Quién era la bestia? ¿Podía controlarla? ¿Quería controlarla?

Cuando el cuerpo recuperó la normalidad volvió a la ruta. El camino hasta su casa pasó en un instante, algunos días pasaron inadvertidos transitándolos en su sombra automática.

Cuando por fin logró despegarse levemente de estas sensaciones y recuerdos, volvió a ocurrir: Un papel mal redactado fue la nueva llave.

Pero esta vez, todos los culpables sintieron el olor a podrido y vieron marchitarse lentamente sus plantas y sus vidas, y sin saberlo, sin quererlo y sin proponérselo, justo después del último aliento, le pertenecieron. Y así continuaron lamentándose sin tiempo, errantes y fétidos vengando las pequeñas heridas de su dueña, su ama.

Su bestia.


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