Pequeñas cosas


A veces las cosas se presentan de a una, desordenadas en tiempo y espacio, lo que va antes aparece después, lo último se ve al principio, y las piezas del medio van surgiendo sin orden. Van emergiendo de la nada y ahí regresan, casi imperceptibles, invisibles y sin sentido. La mayoría de las veces no las notamos, no vemos los hilos invisibles que las unen, porque no tenemos armada la figura final. No sabemos adonde se ubican, cuál es el paisaje que van a dibujar, cual es la historia que quieren contar.

Son chiquitas casi siempre, una palabra, una página de un libro, un encuentro, una canción, una imagen mental, un color que no podemos dejar de usar, un perfume que nos atrae o que nos repele, una flor, una oración…

El rompecabezas se va armando sin que nos demos cuenta, las piezas empiezan a acercarse de a poco, lleva tiempo….

A veces somos nosotros mismos los que las buscamos, pero cuando las encontramos no sabemos qué significan. Y nos quedamos tratando de unirlas a algo o a alguien, encontrarles sentido y pertenencia. Dejamos mucha energía intentando ubicarlas en algún lugar forzosamente, si es posible en otro, sobre todo si no nos gustan. Como en un tetris vamos probando de completar los espacios apuradamente para no perder. No sabemos cuál es el juego ni cómo se gana, ¡pero hay que ganar igual!

Si logramos entregar el control del juego, aunque sea algunas veces, empezamos a ver cómo llegan más y más piezas y solas comienzan a tomar su lugar, dejando miles de huecos, pero empezando a formar una figura, que de ningún modo es la figura final pero es parte del paisaje completo que nunca se va a develar del todo.

Y ahí, cuando nos corremos del protagonismo que pensamos que somos, cuando le damos permiso a nuestra mente de dormir y a nuestra alma de intervenir, empezamos muy lentamente a vislumbrar un pequeño paisaje conocido pero olvidado formado por todas estas pequeñas cosas inconexas a simple vista.

Y esta imagen incompleta y deforme pero ordenada según algún criterio desconocido, que de repente se transforma en una verdad que también asoma y se vuelve a esconder, nos muestra muy levemente una puerta o varias puertas que se abren a posibilidades insospechadas antes de la entrega.

A veces decidimos atravesarlas, a veces nos detenemos frente al miedo de mirar del otro lado y la comodidad excesiva que sentimos de este. Pero…ya lo vimos, no podemos dejar de mirar el rompecabezas semi-armado y el resto de las piezas siguen cayendo, aunque no queramos e intentemos impedirlo. No podemos detenerlo.

Sentimos que el mundo se nos cae a pedazos, y todo en el universo es sufrimiento para nosotros e intencionalmente nos empuja hacia esas puertas que, al final, vamos a tener que abrir.

Y ahí….del otro lado….el ciclo vuelve a empezar. Pero esta vez, quizás, no tengamos miedo de atravesar la puerta, sin sufrimiento, con anhelo y confianza, sabiendo que del otro lado otra vez van a empezar a llegar fragmentos desordenados de paisajes conocidos pero nuevos, porque cada vez que nos animamos a avanzar, es más rápido, más amoroso, más completo, y entendemos, quizás, que este juego sólo lo pierden los que creen que es posible perder. 

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