Los que quedamos

 



A veces, los que quedamos no nos queremos quedar. A veces, también preferiríamos irnos. A veces el dolor es tan grande que no miramos a los que nos quedamos sino que sólo podemos mirar a quien se fue.

Eso puede durar mucho tiempo, o todo el tiempo.

Me pregunto ¿por qué? ¿Por qué queremos irnos? ¿En qué momento la vida pierde el sentido? ¿En qué momento se vive a pesar de los que se fueron en lugar de por ellos? O por uno mismo…

¿Cuándo dejamos de vivir? No creo que ocurra cuando dejamos de respirar, no. Mucho menos cuando otro lo hace. Es una buena excusa quizás, pero no es ahí.

No niego el dolor, no niego la ausencia ni el vacío de la despedida. No niego la muerte interna de cada célula y de cada gota de sangre, la tristeza profunda del vacío que nos dejan quienes nos llenaban.

Pero la vida, me pregunto, ¿Cuándo se termina? ¿Se termina?

Tengo más miedo de quedarme que de ser quien se va. ¿Te pasa lo mismo?

¿Estoy viva? Me pregunto, y ahí no tengo respuesta. Seguramente muchos dirían que sí, que lo estoy, porque estoy escribiendo, por ejemplo. Pero, entonces, ¿Por qué tengo tanto miedo?

Un día, no hace mucho, se fueron dos padres y se quedaron varios hijos. Me enteré como todos los que no son parte de la familia, por mensajes de condolencias.

Unos de los hijos despedían a su padre con honores, deseándole amorosamente que su tránsito sea liviano, en paz, luminoso y que por fin llegue acompañando de los ángeles a su casa, a nuestra casa. Era una despedida triste, pero se sentía liviana, con aire, con cierta alegría. Como cuando uno sabe que el otro está bien, esté donde esté.

Yo, desde mi casa, podía ver a ese padre elevarse luminoso, dejando atrás a los demás por un tiempo, mientras los que quedaban lo lloraban y en sus corazones había dolor, pero también amor. Del puro, del bueno. Del que libera, del que agradece.

No sé si quisieron irse con él, quizás sí, quizás no. Pero para ellos, la despedida tenía sentido, la muerte tenía sentido, su vida tenía sentido. Y, por lo que entendí, para ellos era parte de su camino de regreso al amor del padre para volver renovado a continuar con el ciclo de ser tierra y fuego nuevamente, quizás, un día.

La paz, la plenitud de los momentos compartidos y los espacios llenos de agradecimiento por la vida que fue.

Los hijos del otro padre lo despedían con amargura, con tristeza y profundo dolor. Una terrible pérdida para todos los que se quedaban, decían. Era una despedida triste, se sentía pesada, sin aire, con culpa. Como cuando uno sabe que uno no puede seguir viviendo sin ese otro que se fue.

Yo, desde mi casa, podía ver a ese padre quedarse denso, sin poder dejar atrás a los demás, ya que el llanto y las palabras lo retenían, la angustia por su ausencia no lo dejaba seguir. Había amor, pero también dolor. Un dolor que retiene, que posee, que es egoísta porque es por uno mismo, creo yo. Yo también quiero irme con vos.

No sé si quisieron irse con él, quizás sí, quizás no. Para ellos, la despedida no tenía sentido, la muerte no tenía sentido, su vida no tenía sentido. Y, por lo que entendí, para ellos era el fin de todo lo que hubiera podido ser y no sólo eso, ese momento, ese instante borraba todo lo que había sido. Se quedaron mirando el cajón eternamente sin esperar que fuera distinto. La nada misma.

La culpa por quedarse, el silencio. La soledad que se viene a instalar en forma permanente borrando de un plumazo lo recibido, lo compartido.

¿Y yo? Sigo prefiriendo irme primero. Y que cuando eso pase, ser como el primer padre.

Y trabajo mucho para que cuando llegue ese momento, pueda aceptarlo y ser libre. No dejar nada pendiente, saber profundamente que voy a estar bien y que todos los demás, los que se quedan, también lo van a estar. Sembrar sus corazones con palabras de amor, todo lo que puedo, cuando me sale.

Porque mirar la muerte te obliga, te guste o no, a mirar la vida. Y quiero, prefiero, que mi muerte no deje muerto a nadie más. 

Que una cosa es dejar de respirar y otra muy distinta es dejar de vivir.

 

 

 

 

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