Mi encuentro con Cuautemoc
“No pienso trabajar con vos hasta que confíes” me dijo sin emitir ningún sonido y se fue dándome la espalda.
Me quedé asombrada, nunca había tenido un guía
que me diera la espalda. Tenía mucho que aprender evidentemente.
Durante unos días me debatí entre seguir
insistiendo con él, o dejarlo ir, o confiar andá a saber en qué o en quién. ¿Tenía
que confiar en él? ¿En mí? ¿Sólo confiar?
Lo consulté con todos los que pude consultar
que pudieran entender mi dilema, que en realidad no era casi nadie. Las cartas,
mis compasivos y amorosos animales de poder, otros guías…todos me decían que
sí, que así estaba bien, que era mi guía también.
Pero yo dudaba…si era mi guía, ¿por qué no me
guiaba?
O sea, no se…si yo fuera guía seguro
encontraría una manera más amorosa de que confíen en mí o en sí mismos…
Eso, la verdad, ahora que lo escribo, me genera
muchas dudas. No lo logro ahora, ¿por qué lo haría después?
La primera vez que lo vi fue durante una
ceremonia en la que, supuestamente, debía desatarme de una soga con la que me
había atado un hermano. Bueno, yo no sabía en ese momento que era él el que lo iba
a hacer.
Sonaron los tambores durante unos minutos y lo
vi pasar frente a mis ojos cerrados, que además estaban cubiertos por una manta
pesada en una habitación completamente oscura.
Me miró desafiante, o curioso, o jactándose de
mi estupidez…no lo sé, en ese momento no le presté mucha atención porque en mi
mente sólo pasaban pensamientos estúpidos sobre si me iban a desatar o no, y pidiendo
por favor no ser la única que quedara atada.
Me río.
El ego, la soberbia, siempre jugándome en contra. Yo lo sabía, sabía que iba a
quedar atada a la silla, aunque, por suerte para mi ego, no fui la única.
Tiempo después lo encontré en mi Realidad
Espiritual, un viaje guiado también por tambores y por hermanos de alma. Y ahí
fue que me dio la espalda…
Esperá un momento, pensé, acá no puede entrar cualquiera, tiene
que ser un guía…
En ese momento aún no lo reconocí de la vez que
no me desató, sino quizás le hubiera preguntado por qué no lo hizo, o quién era
él, o quién era yo…
Lo volví a encontrar como todas las veces que
lo vuelvo a encontrar, siempre cerca, siempre “enojado”, aunque no está
enojado, me lo dice con su sonrisa, pero es duro, es firme, es…no sé cuál es la
palabra que lo describe mejor, tiene un temple erguido, orgulloso, fuerte, sin
vueltas. Como si estuviera tan pero tan seguro de todo, como si supiera todo lo
que pienso y lo que voy a pensar. Pero cansado de mis boludeces. Así lo veo, diciéndome
sin hablar que deje de hacerme la víctima y que haga lo que tengo que hacer. Corta.
Y cuando empiezo a dar vueltas, sólo se va, dejándome,
virando mientras todos los demás se ríen y me dicen, también sin hablar, que me
deje de joder.
Lo reconocí una vez que tuve que morir al
sonido de un tambor también en una ceremonia, danzando con mis hermanos en un
mar de lágrimas de desconsuelo, con el corazón explotado de incertidumbre y
tristeza al descubrirme incapaz de confiar, incapaz de correr el traje del ego
que siempre me estaba acariciando la mente y el alma, y al morirme me entregué.
Sí, me entregué. Entregué toda esa soberbia,
toda esa altanería, me reconocí incapaz de amar compasivamente, me ví horrible
y desconfiada, desconsiderada, avasallante, acaparadora, intransigente y
juzgadora serial de todo y todos, de mí, de vos, de ellos.
Ser la mejor era importante, pero ser la mejor
a veces significa no ser nada.
Y no fui nada durante casi un día y una noche.
Y mientras danzaba acompañada de mis hermanos
de carne y de los otros, vino a mi y soltó mi faja, que cayó al piso
suavemente, amorosamente diría. Al verla caer, entendí.
En ese momento todavía no sabía que era él,
pero me dio lo que necesitaba. Confió y yo confié.
Cuando pienso en ese momento todavía me caen
lágrimas de amor. Se puede llorar de amor también, eso yo no lo sabía.
Unos días después supe su nombre, (lo tuve que
googlear porque no tenía idea de quién era) y desde entonces siempre me
acompaña. Bueno, siempre que él quiere, porque él es así. No viene cuando lo
llamo, salvo que él considere que lo necesito.
Pero si sabe que lo voy a necesitar, viene sin
que lo llame. Ahí me doy cuenta de que la cosa viene pesada. Porque se encarga
de casi todo, aunque no es el único.
Me regaló un instrumento de poder que me trajo
el río. En el momento que vi ese palo flotando hacia mí supe que era un regalo
y lo tomé. Lo puse en mi altar, pero no necesité hacer nada más. Él lo usa
cuando es necesario, en general para limpiezas profundas.
Eso, lo voy aprendiendo cada vez que pasa, no
es algo que sé absolutamente como lo estoy contando. Nada es así tal cual lo
cuento, hay palabras que debería inventar para que sea más claro.
Él es así, un poco como yo. Pero mucho mejor. Yo
sólo tengo una pequeña semilla de lo que puedo ser, es lo que me dice. Y está
esperando que empiece a germinar, aunque también me dice que ya estoy
floreciendo, aunque todavía me falta mucha agua.
No habla mucho conmigo, lo canso con estas
cuestiones terrenales del camino, del futuro, de la misión, de los para qué, de
si estoy donde tengo que estar, si tendría que hacer otra cosa, de cómo me va a
ir, jajjajajjaja. Lo aburro y se va.
Tiene una manera muy simple de hacerme saber
que lo cansé. Se da vuelta y se va mostrándome su espalda y sus hermosas plumas
que adornan su cabeza y gran parte de su cuerpo.
Es muy atlético a veces, con músculos fuertes. Otras
veces es más anciano, aunque no le gusta que lo diga, porque se siente joven.
Golpea el piso con un palo que tiene en la mano
derecha en señal de disconformidad. Pero yo me río, porque, le digo, sólo soy
una persona y bastante terrenal y desobediente. Un poco rebelde, y bueno, me
gusta molestarlo.
Ya no ando preguntándole a todo el mundo si es
o no un guía, lo acepté y creo que me aceptó, aunque con él nunca se sabe. Porque
cuando se cansa, sólo se va.
Le gusta que escriba sobre él, me dice que es
un gran conquistador, que no tiene tiempo para boludeces, que no lo moleste con
cosas insignificantes (creo que se refiere a las que puedo resolver yo sola),
que no me va a esperar para siempre porque tiene mucho que hacer. Insiste en
que me deje de joder.
No sé bien qué significa eso, pero cada vez
siento más fuerte que estoy adonde tengo que estar, que los caminos se abren y
que todo está llegando muy rápido.
Y él me acompaña, a su manera, con su carácter,
su poco humor.
Me dice que les cuente también que me eligió porque
tengo su semilla, que no es que me eligió, sino que nos encontramos o me encontró.
Un poco de arrogancia tiene, como yo.
Me pide que les diga que yo hice mi trabajo,
que fue duro, difícil, doloroso, pero tuve que oler mi propia mierda y dejar de
existir.
Que no lo hice sola, pero que lo hice. Que el
mundo de arriba está esperándote con los brazos abiertos para recibirte a vos
también.
Aunque él es del mundo de abajo, te invita al
de arriba, no sé por qué.
Cuando no soy nada, a veces, me siento todo. Y eso
es un regalo.
Comentarios
Publicar un comentario