Nuestra historia, una parte
Me preguntó varias veces si estaba segura. La verdad, no lo estaba tanto. A veces saber demasiado duele y a veces, también, no sé qué hacer con ese dolor, que además no es mío y a la vez, sí lo es, porque lo fue una vez en otro cuerpo.
Un poco por curiosidad y un poco por entender
lo que me estaba pasando, le pedí que me cuente algo, lo que pueda, lo que me
sirva, lo que me sea útil.
Como siempre sus palabras no tienen sonido, se limitó
a mostrarme imágenes de otros tiempos en los que nos veo corriendo descalzos,
él lleva en la mano izquierda un palo largo adornado con plumas y telas de colores,
algunas garras y algunos dientes de animales. En su mano derecha, la mía.
Yo llevo algo en mi cintura, como una tela marrón,
deshilachada, corta. Mi cara pintada y unos adornos en la cabeza, plumas,
flores. Tengo algo así como trenzas, aunque también tengo el pelo suelto. Mi cabello
es grueso y negro, mi piel oscura. Mi boca es gruesa y mis ojos son achinados,
puedo ver mi mirada, es de esas miradas desafiantes, un poco atrevidas, un poco
valiente.
También tenemos adornadas las piernas en algunas
partes, con telas y algo así como cascabeles que no hacen ruido.
El olor, es un olor profundo, a pasto, a
lluvia, a barro, a sol. El suelo se siente suave, no noto las piedras debajo de
mis pies, aunque hay muchas. Sabemos que hay animales de todo tipo alrededor,
pero nosotros somos unos animales más del montón, aunque no es así, todos lo
sabemos. Pero hay respeto mutuo. Ellos nos miran correr y nosotros los
ignoramos, somos grandes.
Corremos ágiles y livianos a lo largo de un
sendero en subida, hacia el borde de la montaña para ver salir el sol de la
mañana, ya el día se asoma despacio y nosotros, corremos riendo felices y
completos. No tenemos soledad ni apuro, salvo por llegar a tiempo para verlo
ascender. No tenemos nada, somos vacíos. Siento una paz que sólo puedo
describir diciendo que no siento nada, calma en la cabeza, serenidad en el
corazón, fortaleza en el cuerpo.
Nada me espera salvo el sol, no tengo que
volver a ningún lado, no tengo que quedarme en ningún lado. No tengo nada, salvo
su mano en la mía y el sol de la mañana calentándome el rostro joven y sereno.
Llegamos al borde y adelante nuestro hay un mundo
entero de montañas y de colinas, cerros, mucho verde y mucho azul. Los perfumes
de la vida nos invaden mientras respiramos profundo ese mar de colores y de
aromas conocidos, nos llenan, nos alimentan y se vuelven a ir para seguir su
transformación y volver a nosotros muchas vidas después.
No hablamos, pero hay música que sale desde
nuestros adentros armoniosos, al compás de lo que habita afuera que es igual
que lo de adentro. Nos detenemos y elevamos los brazos mientras nos sentamos en
el suelo a sentir. Y sentimos. Nunca dejamos de sentir. En realidad, la palabra
más adecuada es somos, nunca dejamos de ser.
¿Qué pasó? Le pregunto, ¿Por qué me mostrás
esto? ¿para qué?
Su respuesta es sencilla, “para que vuelvas”
me dijo, y en mis ojos explotaron lágrimas extrañas y desconocidas, llenas de lunas
y de estrellas, mojadas con pasto verde húmedo por la lluvia caliente y liviana
que atraviesa la coraza y abre nuevamente el recuerdo de lo que fue. Un recuerdo
del alma que me estremece la piel y me recorre la espalda en señal de alerta,
de peligro, de añoranza.
Es poco lo que me dice, me mira con esos ojos
de amor profundo, sencillos, libres. Me extraña y yo también.
Hay cosas que todavía no me quiere contar, pero
presiento que lo va a hacer pronto. Cuando yo esté lista para escucharlo.
Sí me dice que ese recuerdo, el que me va a
regalar, si yo quiero, me va a doler en lo más profundo de mi ser, pero que
luego, todo va a ser más claro.
Me dice que un tiempo nos separamos, pero mucho
más tiempo estuvimos juntos. Que lo decidimos así.
Que quizás no pueda explicarme las razones
porque él sabe y yo sé, que no las entendería.
No me deja ver su rostro todavía, sólo sé su
nombre. Me dice que no piense tanto en él, que es mejor que espere a que todo
se aclare.
Pero siento su fuerza, siento su poder, su
grandeza. Siento su diosidad y siento la mía.
¿Viste cuando te encontrás con alguien a quién
hace mucho que no ves y te das cuenta de cuánto lo extrañabas? Así es para mí. Él
lo sabe y por eso me está contando esta historia, para que no lo extrañe, para
que no duela, para que sigamos nuestro camino, ese que pensamos hace tanto y
que, parece, al fin, estamos logrando transitar.
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