Hoy conocí a un ángel
Abrí la puerta de mi casa y ahí estabas, sonriendo, despreocupado, con el mate en la mano y la mochila en la espalda. Primero tuve que disolver mi enojo por la espera, pero luego te sentaste cómodamente al lado mío en la mesa. Me corrí y me puse enfrente, no estaba dispuesta a mirarte de costado, quería mirarte de frente, a los ojos, ver tus gestos y tus expresiones.
Hablamos un rato tratando de ponernos de
acuerdo sobre cosas importantes, no fue difícil, no. Todo fluía suavemente,
como si ya hubiéramos tenido esta conversación miles de veces.
-“Cuando entré a tu casa sentí que me daba la
bienvenida” me dijiste pasando tu mano por el corazón y por la panza, con un
hermoso gesto de felicidad y satisfacción.
Ahí presté atención. Era verdad, mi casa se
sentía feliz. Te había estado esperando.
Te propuse hacer una prueba, para ver mejor
cuál era el plan que nos unía, y accediste y te entregaste en ese mismo momento
a mis delirios.
Sentate acá, decí esto, ahora parate…a
ver…¿cómo seguimos?
Y fluiste libremente sin resistencia a las
experiencias que iban surgiendo de la nada, mágicamente.
Y te entregaste, ¡y yo recibí de vos tantas
sonrisas! Creo que me viste y creo que yo te ví.
Subimos las escaleras, sabías que tenías que
ver algo y yo también. Salimos al jardín y ahí te paraste, respirando profundo
el aire puro y llenándote de algo, no sé de qué, porque era invisible para mi
pero no para vos. No sé qué sentiste, pero te quedaste ahí, en silencio sólo
respirando con los ojos cerrados ajeno a mi presencia.
Comencé a sospechar cuando al entrar, la luz
del exterior brillaba a tu alrededor como envolviéndote, como si saliera de vos
en lugar de rodearte desde afuera.
Y nos quedamos sorprendidos de lo que fuimos
haciendo, como si hubiéramos actuado un libreto conocido de una obra ya
aprendida desde hace mucho. ¡Se sentía tan natural, tan original y tan propia!
Ambos sabemos que esta obra es nueva pero
también es vieja, existe desde el comienzo de los tiempos y nunca existió ni va
a existir, porque ya es.
Después de pensar un rato sobre la experiencia,
entendí que Dios me está mandando sus ángeles, de piel y hueso, de carne, de
aire y de tierra, de agua y fuego.
¿Por qué? No lo sé, no creo que vos lo sepas. Ni
que sos un ángel enviado por Dios tampoco. Pero es así, para mí. Me trajiste
aire puro, liviano, con perfume a rosas y a bondad.
Tenés tus heridas como yo las mías, tenés tus
dolores viejos como yo los míos. Pero tenés vida, mucha vida en cada parte de
vos, sin arrogancia, sin apuro, simple, suave, tierno.
Generoso y amable. Pasamos horas creando lo que
ya está escrito y nos enamoramos un poco de esto. Creo que bastante en realidad,
tanto que no nos importan demasiado los detalles.
Dicen que los ángeles tienen alas, vos tenés. De
esas que no se ven pero que te transportan a lugares mágicos.
Dicen que los ángeles irradian luz, vos lo
hacés. De esa luz que ocupa todos los espacios oscuros de los que se paran
frente a vos.
Dicen que los ángeles son seres de amor. Vos lo
sos.
Dicen que los ángeles curan, como vos, que
curaste en mí heridas que no sabía que tenía.
Dicen que los ángeles son enviados de Dios. Al menos
para mí, Dios te puso en mi camino.
Hoy conocí un ángel que no sabe que lo es. Pero
yo sí lo sé.
Hermoso Perli!!! Tu Hijo, tu Ángel!!!.
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