Alas rotas
Cuando te vi por primera vez, me pareciste una persona normal.
De esas normalidades a las que estoy acostumbrada.
Te acomodaste en tu
lugar sin quejarte, sin decir ni una palabra.
Al principio, creo que nos estuvimos evaluando un poco, al menos yo lo hice.
En tus ojos de mundo no
se veían rastros de juicio, a pesar de mi desprolijidad evidente.
Estuvimos en silencio
largas horas, yo esperando atenta tus sonidos, vos…no lo sé.
Me di cuenta de que no
tenía nada que decir y no lo hice. ¡Quería preguntarte infinitas cosas! Pero
nada dije, nada pregunté.
De a poco encontré tu
sonrisa debajo de tus ojos azules. Y de a poco empecé a entender tus carcajadas
y tus muecas.
De a poco yo también
empecé a hacer gestos que nunca había hecho antes, era necesario ya que tus
palabras encontraban un muro en mis oídos.
Nos entendimos de alguna
manera y, con las horas, pude ver que te faltaban algunas plumas, casi todas.
Cerré los ojos y te ví,
ensangrentadas tus alas y con las pocas plumas que te quedaban sucias y viejas,
como un plumero en desuso y desgastado tirado en un rincón o a la basura.
Me acerqué a vos para
arrullarte y puse saliva en cada herida. Tenías gusto a pasado, a tristeza, a
dolores viejos de esos que ya no se recuerdan, pero tienen olor a podrido.
¿Cuándo fue que te
rompiste así?
¿Quién te lastimó tanto
como para que seas hoy sólo un vestigio de algo tan hermoso de ojos azules y
sonrisa blanca debajo?
Y debajo de tus alas
rotas se asomaban unas alas más pequeñas y perfectas protegidas y radiantes,
que se acobijaban seguras sin ver el esfuerzo que hacías para cubrirlas con el
resto de vos.
Estuvimos varios ratos
sentadas mirando las estrellas fumando, cubiertas de cielo y de montañas, sin
darnos cuenta de nada más que del humo y de la risa extraña y fuerte que nos
salía de la boca.
Lloraste un poco
también, tuviste miedo. Yo también.
Vos al adentro y yo al
afuera, vos al corazón y al alma, yo al cuerpo.
En unos de esos llantos
me cantaste una canción de cuna, no importa si supiste en ese momento que era
para mí, pero cortaste mis lágrimas y las limpiaste, purificándolas suavemente
y llevándolas al cielo.
En uno de esos llantos
te abracé y te acuné, no importa si supiste que era para vos desde mi alma, no
importa si pudiste darte cuenta de que algunas plumas empezaron a florecer, las
purifiqué, para vos.
Sentí, y todavía siento,
que no podía arreglarte, y lo lamento. Supe en ese momento que quizás, tal vez,
yo pueda arreglar alguna de mis propias alas, que también parecen un plumero
viejo.
Tuve que verte para
verme, tuve que reírte para reírme, tuve que alejarme para estar cerca. Lo
lamento, lo lamento mucho. No pude arreglarte, no pude hacer que todas esas
plumas vuelvan a crecer, no pude dejarte brillante y entera, erguida y
completa.
No sé si alguien puede, no sé si alguien debe.
Pero lo que sí sé, es que vos podés lamerte las heridas
y ponerte un poco de barro de la montaña, ese rojo que se usa para hacer
vasijas de colores, darles forma y pedirle a la madre tierra que les de vida
nuevamente.
Ella sabe cómo hacerlo,
ya lo hizo una vez. Lo hace todo el tiempo ¿o te olvidás de los colibríes que
desaparecieron frente a nosotras? ¿te acordás de la cascada enorme que nos
atravesó los huesos? ¿y la magia de las luces intermitentes en tu cuerpo? ¿Y del
sonido mágico de la guitarra y la voz entrando suavemente por todos los poros?
Vos podés hacerlo,
entregale a Dios esa tarea, él la recibe con amor profundo y te dice, entre
otras cosas, que no te atrevas a dejar que te rompan, que si él siendo Dios te
ama de la manera que lo hace, vos también tenés que hacerlo. A mí también me lo dijo.
Estuvimos juntas una
vida entera lamiéndonos las heridas y armando nuevamente el esqueleto desarmado
y desprolijo, para cantarnos una canción ancestral que nunca fue escrita, una
canción que nadie conoce pero que suena a amor de hermanas.
Y diez días después nos
despedimos para siempre, quizás como todas las otras veces que nos despedimos
en los últimos quinientos años.
No sé si pudiste arreglar
tus plumas, no sé si logramos dejar de sangrar, pero cada vez que recuerdo tu
risa y tus gestos, y tus palabras que no comprendo, siento que una pluma nueva
empieza a crecer en mi espalda.
Comentarios
Publicar un comentario