El muro
Se miraban de reojo con un poco de bronca o
algo parecido a la bronca que los tornaba de un color verde opaco. Estaban parados
uno al lado del otro de frente a la gran mesa blanca, otra vez.
El gran hombre leía muy concentrado un cuaderno,
indiferente a estos dos que estaban empezando a sentirse inquietos y a moverse
bastante. Sus alas crujían intentando estirarse un poco mientras levantaban los
brazos y estiraban las piernas luminosas y azules. Giraban medio cuerpo como deportistas
precalentándose para una maratón.
No tenían carne ni músculos, pero era una
manera de prepararse para lo que iba a venir, y en su ansiedad de ángeles sólo
querían desaparecer, pero no podían hacerlo, estaba prohibido.
-A ver… dijo el gran hombre con ojos muy
serios y boca apretada, haciendo un gesto de misericordia y piedad. ¿Me
pueden explicar qué pasó ahora? Me habían dicho que ya estaba resuelto, ¡y
volvemos a empezar!
-¡El ángel A se quedó dormido! Gruñó B levantando los brazos y señalando a A con los dedos de la mano,
y sin querer le envió un rayo de luz casi negra que inmediatamente le borró una
pluma de las alas.
Sorprendido, A se miró sin poder creer lo que
acababa de pasar, levantó ambas manos y dirigió sus palmas hacia B, que corrió
a esconderse detrás del gran hombre con tan poca destreza que cayó al suelo de
algodón y fue fulminado por un rayo rojo.
El gran hombre movía la cabeza en un gesto de
cansancio mientras B volvía a materializarse lentamente y A sonreía con un
gesto que sólo puede tener un ángel, una victoria humilde y compasiva.
-No me quedé dormido, replicó A, enojado
pero sonriente. Me distraje un momento prestando atención a la ruta, que ese
día estaba muy complicada. Y ahí, de repente, todo se salió de control otra vez…¿Y
vos B? ¿Qué estabas haciendo? ¿Por qué no interveniste? ¿Acaso no te diste
cuenta? A lo miraba desafiante, sabiendo que esta vez la culpa no era suya,
como otras veces.
-Yo estaba ocupado dictándole al oído
algunas palabras, pero de repente ¡dejó de escucharme y empezó a gritar! Intenté
detenerla, pero empezó a construir otra vez el muro de siempre, lo levantó
hasta el cielo con tanta rapidez que no me daban las mil manos para contenerlo.
B puso cara de afligido y su cuerpo etéreo se dobló un poco hacia adentro,
dejando a la vista un hermoso color naranja-dorado.
- ¿Y vos qué hiciste? Le preguntó a A, acusándolo con su
mirada dulce color cielo.
-Yo intenté soplarla varias veces, corriendo
los recuerdos lo más rápido que pude, pero no lo logré. ¡Eran más rápidos y
altos que yo y que todo mi aire!
-Ustedes, dijo el gran hombre blanco pureza, dijeron
que todo ya estaba resuelto. ¡Yo les creí! Y ahora me entero leyendo este
informe que volvieron a levantar la pared, pero que además es más alta que
antes. Ustedes permitieron otra vez que estas personas la levanten.
-No me importa si estaban durmiendo, distraídos
o bailando- gritó
con su voz suave y aterciopelada, mirando fijamente a los ojos de los dos
ángeles simultáneamente- Resuélvanlo. ¡Asegúrense de que el muro
caiga para siempre y que no lo levanten más! ¡Hace tres vidas que estamos trabajando
con ellas y todavía no saben cómo hacer para que puedan hablar! El hombre
los miraba con ternura de padre comprensivo, mientras les gritaba dulcemente el
ultimátum.
-Es la última oportunidad que tienen ustedes de
convencerlas. No hay más tiempo. Se termina pronto y la próxima vida está
próxima. Hagan lo que tengan que hacer. Y con eso, sonó la campana que indicaba que debían
irse para dejar paso a los siguientes.
-Es que son muy resitentes…dijo A
-Es que tienen mucho dolor…dijo B
-¡Siguientes! Llamó el hombre.
Una vez afuera A y B se sentaron a observarlas.
Cada una hacía como que la otra no existía, cada una de un lado del muro miraba
con un poco de melancolía y recuerdos tristes, enojos y culpas la pared enorme
y gruesa. Un poco satisfechas y un poco cansadas.
El muro más grande que habían levantado hasta
ahora, el más alto, el más grueso y quizás el último.
A y B miraban con una tremenda compasión los
corazones oscurecidos, rígidos y malolientes de ambas mujeres.
Estuvieron muchas noches intentando planear una
manera efectiva de derribarlo, pero sabían que no eran ellos los que debían
hacerlo.
-Me parece que esta vez no hay nada que
hacer, dijo A.
-Puede ser…dijo B. Sólo podemos
confiar en su amor y esperar a que se despierten y corran los velos.
Mientras, en la vida real, las dos mujeres
permanecían ocultas una de la otra, cada una esperando que la otra hiciera algo
distinto para poder atravesar el muro que ellas mismas habían construido.
Pero ninguna lo hizo.
Sólo quedaba esperar otra oportunidad, la
cuarta. A y B supieron en seguida que iba a ser difícil otra vez pero que, posiblemente,
les asignaran otra tarea.
Suspiraron aliviados dejando salir perfume de
colores de sus bocas.
-Creo que prefiero una tarea más simple, quizás
una guerra o un apocalipsis, dijo A pensativo.
-Sí, basta de madres e hijas…suspiró B
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