Mi encuentro con mi alma

 


Siempre estuve ahí, esperándote, viendo cómo me ignorabas sin darte cuenta siquiera, de mi ausencia.

En este lugar que es nuestra casa, rodeada de flores de colores amarillo, violeta y blanco con los perfumes del universo y el cielo infinitamente azul, te esperé bailando, girando, haciendo muecas intentando llamar tu atención. Pero no me mirabas.

Siempre fui feliz, siempre fui plena, nunca me faltó nada porque nada tengo, nada necesito más que los colores y los aromas, mas que el roce suave de las flores y el pasto verde oscuro bajo mis pies descalzos.

Ahora soy grande, no como la última vez que me viste. Ya crecí. Aunque no tengo edad, como debés saber, porque nunca nací y para mí, acá, en casa, el tiempo no existe.

Al fin te vi atravesar la puerta, no venías sola y un murmullo suave te acompañaba y te decía qué hacer. Me reí y me lancé hacia vos.

¡Qué hermosa estás vos también! ¡Por qué tardaste tanto! Te grité con una luz brillante que salió desde algún lado de mí.

¿En serio pensaste que estabas sola? ¿En serio creíste que podíamos dejarte?

La Madre, nuestra Madre, te tomaba de la mano como siempre, traías puesto su manto blanco luminoso, y de a poco fuiste acomodando tus partes dolorosas y un poco desubicadas.

Gritaste en silencio expulsando de tu garganta ese dolor viejo, lleno de alfileres y clavos oxidados que rápidamente fue puesto en su lugar, afuera tuyo.

Te vi acariciando las flores, vi tu rostro sonriente y lleno de luz cuando empezaste a entender lo que estaba pasando, y vi tu paz.

Te mostramos toda tu vida en un instante y supiste, en ese momento, que siempre estuvimos con vos, envolviéndote en aromas y llenando tu alma de caricias.

Fuiste vos la que no nos veía. Sin querer pusiste tu mirada en otras cosas, en otras vidas, en ese dolor que ocupaba la garganta.

Pero hoy, el hoy que vos entendés, nos viste con tu corazón.

¡Y ahora qué vas a hacer! ¿Vas a volver a mirarnos?

Ahora lo sabés, estamos ahí, adentro tuyo, llenándote de paz, de claridad, de sabiduría, de compasión, de flores y perfumes.

Te regalamos inocencia y pureza, aunque no hacía falta, ya lo sabés.

Todo eso que viste en mí, es tuyo. Todo eso que tengo yo, siempre lo tuviste vos. Sólo necesitabas recordarlo. Y lo hiciste.

Tuvo que pasar mucho tiempo del reloj para que volvamos a abrazarnos, a veces pasa….

Pero cuando estamos en casa, cuando vemos que no tenemos nada más y que nunca lo tuvimos en realidad, nos sentimos llenas, plenas y perfectas.

Y ahí, en ese recuerdo perfecto de lo que somos cuando estamos juntas, encontramos todo lo que habíamos perdido.

Te pido que me sigas mirando, todas las veces que puedas.

Cada vez que sientas latir tu corazón recordá que ahí estamos, juntas.

 

 

 

 

 

 

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