Elevación
Fueron llegando de a uno sin saber que no
venían solos. Traían consigo a todos aquellos que se cruzaron y que ni siquiera
vieron. Algunos podían sentirlos penetrando en sus entrañas y en sus lugares
más recónditos, ocupando espacios y llenándolos del más triste desconsuelo.
No importaba, no era algo terrible, todos
sabían a qué venían, aún sin saberlo.
Algunos creían que sólo iban a hablar con Dios,
otros pensaban meditar y encontrar consuelo en el grupo, otros simplemente no
sabían que venían. Pero esa luz era tan potente y luminosa que los llamaba como
una madre que llama a sus hijos de vuelta a casa.
Algunos no pudieron llegar, el encuentro era
tan potente que sus luces no podían soportar tanta otra luz. No supieron
entender que sus adentros iban a ser liberados y purificados, no pudieron o no
quisieron estar en paz, era demasiado.
Muchos años, mucho tiempo siendo quienes eran,
siendo quienes podían ser.
Ella sabía, y un poco su corazón se estrujaba
de compasión y tristeza.
Para ese entonces ya veía toda esa luz y toda
esa ausencia de luz, la propia y la ajena, pero no podía abrir los ojos o los
corazones de quienes prefieren mantenerlos cerrados.
Y así fue que se terminó la espera y todos
aquellos que fueron invitados ingresaron agolpándose. En el centro de la mesa
se había abierto un portal de luz para que pudieran traspasar este plano. Pero
no alcanzaba, no era suficiente. Necesitaban de los vivos para trascender.
Era imaginable después de tanto tiempo de
espera, de tristeza, de dolor, de olvido, que fuera necesaria tanta fuerza y
tanto amor para lograr el impulso.
Fuimos muchas las que llegamos, las que
pudimos. Y entre todas, en amor de hermanas y en círculo de tribu, con los
cantos de los ancestros y la luz de Dios, empujamos con nuestro aliento sagrado
a esas almas enormes y pequeñas que subieron livianas y felices al encuentro
del Padre, de vuelta a casa.
Los temblores y los nervios pasaron unos
momentos después de chequear si el trabajo había estado bien hecho. El cuerpo
reacciona de manera perfecta brindándonos toda la información que nuestros
sentidos humanos no saben reconocer, sólo es cuestión de saber escucharlo.
Y en el centro de la mesa quedaron los más
duros, los más difíciles, los más opacos y densos. Ellos necesitaban más
esfuerzo.
Juntas en un abrazo de almas comenzamos a
soplar más fuerte sacando el aire desde nuestros corazones.
Nuestras almas en entrega perfecta participaron
compartiendo su paz y su luz con otras almas no tan vivas, no tan luminosas.
Y fue la entrega más amorosa que nadie había
visto jamás, y fue la transformación más profunda que habíamos sufrido en todos
los cuerpos, y fue el encuentro con Dios más cercano y consciente que
hubiéramos esperado.
Y pudimos entenderlos y entendernos, pudimos
hermanarnos aun con aquellos más oscuros y densos, con los más grises.
Porque es fácil amar cuando el otro es luz,
pero no lo es tanto cuando es sin luz. Pero nuestro amoroso Padre que no ve
oscuridad en nuestros corazones, nos invita a todos sin fijarse a quien, porque
todos somos bienvenidos a su mesa.
Seamos ejércitos de amor elevando en servicio
amoroso a todas aquellas almas perdidas que a veces no saben que lo están,
pensando también en que, si un día esa sombra nos toma, aquellos que nos vean
van a poder hacer este mismo servicio para nosotras, sabiendo que nuestro vacío
es puro dolor y que la ausencia de luz no es oscuridad.
Si esta es la misión de mi alma, la tomo, la
vivo, la cumplo con consciencia y con confianza, sabiendo que es mi deseo
también.
Me llevó mucho tiempo aceptarla y también
acepto que cambie, cuando sea necesario.
La tomo para mí y también la entrego para
otros.
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