Una historia de amor sin final
Escuché sin querer una historia hace poco, la
de una mujer que se transformó en luz.
Había nacido hacía mucho tiempo, y durante su
vida había tragado mierda, tanta pero tanta mierda que una parte de su cuerpo
se había transformado en caca.
Ojo, mucha de esa mierda no era de ella. Era de
otros que de alguna manera se la metieron por la boca y se la hicieron tragar. Pero
ella no lo supo, sólo masticó y masticó hasta que la bola se pudo digerir. Y pensó:
“esto es mío, lo tomo”.
Y, como se imaginarán, también solía despedir
mierda de su boca. Algunas veces de ella y otras veces de otros.
También la vomitaba, a veces. Y también se la
comía.
Lo raro es que nunca se había dado cuenta de
eso. Hasta se sentía orgullosa de su podredumbre, algunas veces.
Nunca se dio cuenta, en realidad, de que era
eso lo que estaba comiendo. Se alimentaba sin parar de todo lo que encontraba y
lo guardaba en alguna célula, en algún órgano. Era tanto que hasta comía su propio
vómito. Así lo había aprendido desde el principio de sus tiempos y así lo
sostuvo, casi hasta el final.
Pasaron muchos años en los que llenaba cada
espacio con ese olor sin permitir la entrada de nada más.
Cuando nacemos, venimos llenos de amor, dicen.
Limpios, puros, sanos. Y por más que intentó negar su pureza, no siempre pudo.
Supo también cómo entregar rosas, de una manera
extraña a veces, porque te las daba desde el tallo espinoso. Pero eran rosas al
fin…
Pero no era tan fácil, no. No se trataba de comer
y comer, en el fondo de su corazón habitaba un enorme dolor, porque sin saberlo,
espantaba a los que querían acercarse. Porque, además del olor y de la
podredumbre, si te acercabas un poco te salpicaba, dicen los que la conocieron.
Sin embargo, Dios la rodeó de gente sin olfato
que no se dio cuenta del todo de su olor insoportable. Y la amaron así, como
era.
Ella no solía aceptar el amor que le brindaban,
no estaba acostumbrada quizás. Y desde su corazón roto emanaba el mas triste
sufrimiento y desesperanza por no sentirse amada, aunque lo era.
Y algunos otros que sí podían oler, sólo se
tapaban la nariz para acercarse un poco. No era fácil, ya que cada tanto ella los
escupía.
Cuando pienso en esto pienso en la ortiga. Si la
tocás te quema, pero no porque sea mala o quiera quemarte, o porque no quiera
que la toques. Te quema porque es ortiga y nada más.
Ella era como la ortiga. Te quemaba si la
tocabas. Pero nadie, ni ella misma, lo sabía.
Hasta que Dios intervino un día enviando a sus
ángeles, les pidió que se encargaran de sacar toda esa mierda, ya era hora.
Y así fue como en su infinita misericordia él
mandó que sufra en su cuerpo físico todo aquello que ella más temía.
Esta parte de la historia no la entiendo bien,
para mí misericordia y sufrimiento no deberían ir juntos…
Lo cierto es que, en el silencio más profundo y
estando en el borde de la vida, ella por fin pudo escuchar todas esas palabras
de amor que antes no podía. Pudo sentir las caricias que tanto necesitaba, pudo
cantar en su mente con la música de los ángeles.
Dios la silenció y la obligó a escuchar todo lo
que no había podido escuchar. Y de a poco toda esa mierda fue saliendo de su
cuerpo enfermo y transformándose en flores de colores y recuerdos lindos. Los
mismos recuerdos que tenía antes, pero ahora eran suaves, con aroma a flores y
colores brillantes, con soles calientes y noches estrelladas.
Pudo mirar a los ojos del alma de aquellos sin
olfato y de todos los que se habían estado tapando la nariz. Y vió al fin el
amor que tanto necesitaba su alma. Escuchó todas las palabras sin quejarse, no
podía.
Dios la detuvo y la obligó a sentir el amor que
siempre había estado y que nunca había visto ni sentido. Así, quieta como
estaba, no tuvo más opciones que recibir todo lo que le era brindado.
Pienso otra vez en la ortiga, ¿Sabrá ella que
nadie la acaricia porque quema? A veces uso guantes para acariciarla, porque
siento que quizás se esté sintiendo un poco sola viendo como acaricio a los
jazmines y a las rosas. Trato de explicarle que es difícil acariciarla, pero
siento que no me escucha, porque ella no se sabe ortiga.
No lo entiende…¿Qué tienen ellas que no
tengo yo? Pensará…y lamento mucho no poder explicarle que ella es hermosa,
así como es, que Dios la trajo a esta tierra para algo y que además de quemar,
cura. Y cura gracias a que quema. Y cura sin darse cuenta y sin quererlo.
Como la mujer de mi historia. Que también curó
y también sanó a otros, sin saberlo. Así, olorosa y repelente, sostuvo y
acobijó a todos los que la necesitaron.
Puede ser confusa esta historia, pero cuando la
miro desde lejos me parece hermosa. Una mujer que a pesar de haber tragado tanta
caca y no haberse sentido amada pudo entregar tanto amor protegiendo y cuidando
a todos, llenando sus panzas de comida rica, sabiendo, a su manera, lo que
todos necesitaban y amándolos, como pudo, como supo, como aprendió.
Y en ese tiempo de silencio y dolor, de a poco,
lentamente, se fue transformando en luz. En una luz danzante de color blanco
sin forma, alegre y liviana. Con un hermoso perfume a rosas y a jazmines.
Dicen algunos que la vieron danzando con los
ángeles cuando aún su cuerpo estaba con vida. Dicen también que la Virgen estuvo
todo el tiempo a su lado, tomando su mano. Y que ella la podía ver. Dicen que
los sin olfato la llenaron tanto de besos que empezó a respirar cada vez mas
lento hasta que dejó de hacerlo. Que se fue suavemente, amorosamente y
tranquila habiendo recibido todo eso que nunca había podido recibir.
Lo loco de esta historia, es que se transformó
en luz antes de dejar de respirar y algunos pudieron verla. Que Dios intervino
amorosamente acomodando todas las piezas para que pueda elevarse aún antes de
partir del todo. Que pueda darse cuenta de que nunca estuvo sola, que algunos
usaron guantes muchas veces y que Dios transforma las ortigas en jazmines y la
mierda en paz.
Dios la sanó a ella también y les dejó a todos
los que quedaron los regalos que necesitaban. Ahora no lo ven, porque solo sienten
su ausencia. Pero todavía están los ángeles trabajando con ellos, con nosotros,
los que quedamos.
Ella ahora es luz danzante y armoniosa, no sé
si recuerda su dolor, ojalá que pueda reírse de todo eso y entregarse
amorosamente a la libertad de volar con los ángeles, sabiendo que todo está
ordenado y que no quedó nada por decir, que todo fue perfecto y que hizo todo
bien.
Yo la veo a veces, un poco me escucha y se ríe
de mi cuando le digo que vaya a su lugar. Pero disfruta tanto compartir conmigo
algunas cosas que hago, que la dejo acompañarme un rato.
A veces siento perfume a rosas, pero yo no
tengo olfato. Debe ser ella.
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