Dientes de colores
-Necesito este viaje, le dije con los ojos cerrados y la boca sonriente.
-Vamos
juntos, me invitó en su luz cálida, entre rayos de color blanco abiertos y
luminosos, que no venían de ningún lado pero que abarcan todo.
-Bienvenida,
otra vez.
Escuché, y
una sonrisa volvió a surgir de mi alma, sin querer y sin esperarlo.
Esa boca con
dientes de colores aparecía en cada momento haciéndome sonreír y reír a carcajadas,
por dentro y por fuera. Me elevaba.
-Ya estoy
lista, dije.
-Ya empezaste,
dijo él.
-Pero todavía
me siento acá, repliqué.
-Cerrá los
ojos, contestó.
-¿Podemos
entrar? Dije otra
vez, un poco sin entender el latido de la música en mi piel, que se sentía como
parte de una onda electromagnética, vibrando al compás de tambor ajeno pero tan
conocido.
-Quiero
sentir, dije. Quiero sentir todo, aunque duela, aunque rompa, aunque
agrande, y quizás no pueda volver.
Pero lo
prefiero, no tiene sentido seguir resistiendo. No quiero, lo entrego. Lo quiero
entregar.
Si no
vuelvo está bien, estoy en paz con tus alas de ángel blanco transparente. Volver
al pasto, volver a mi casa y quizás quedarme…
Quizás
traer tus manos generosas acá, a las mías. Quizás seguir un poco más pero
distinto, en otro viaje más. “Que el viaje sea perfecto” pedí.
-Así
será, me dijo.
Y de los
ojos brotaron humedades y agradecimientos nuevos.
Y empecé a
entregarte todos los candados, las cadenas, los dolores y los controles. Los clavos,
las serpientes y los caracoles, las hormigas y los búhos blancos.
-Todo te
entrego, la sangre y las uñas sucias, el barro en la cara y las bolitas de
vidrio.
Te entrego
ahora, todo. Y me quedo con nada. ¿alcanza?
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