El gran vacío
El gran maestro vino a verme y me dijo:
No te preocupes más, todo está en mis manos
ahora. Siempre lo estuvo de alguna manera, pero vos no lo sabías. Todo lo
pasado ya no existe y sólo queda este momento, que es eterno como todos los
momentos.
Me sonreía con un gesto de luz y de paz, nunca
movió la boca, nunca dejó de mirarme a los ojos, nunca me soltó la mano.
Yo lloré y me rendí, otra vez. ¿Cuántas veces
van? Perdí la cuenta…
¿Cuándo será la última? No lo sé…creo que
siempre nos volvemos a rendir, cada vez.
Y entonces le pregunté ¿qué viene ahora?, ya
que me siento un poco desorientada.
Y bajó despacio desplegando las alas doradas un
hermoso ángel que apenas pude ver, era tan enorme que sólo percibí su luz. Pero
supe quien era.
Y me llevó, o me trajo, la verdad no puedo
distinguir si yo fui o lo demás vino, a un lugar un poco oscuro, vasto, vacío
en algún sentido, y lleno en otro.
Ahí vi cientos, miles de sombras agachadas que
miraban una especie de piso inexistente y un poco gris, como ellas.
No me vieron, no podían. Su mirada fija era
hacia adentro y lo que parecía ser un viejo recuerdo de un cuerpo sólo podía moverse
sin percibir nada más que ese interior oscuro que eran.
Los miré y sentí un poco de entusiasmo compasivo
y algo de cansancio, como sabiendo que la tarea iba a ser ardua y permanente.
Bajé los hombros y también la mirada, y asentí.
Pero reclamé también, porque entendí que yo no podía entrar ahí a buscarlos, ellos
tienen que venir, le dije.
Y vendrán, me indicó.
¿Y cómo voy a mantenerme? Le pregunté. Un poco
preocupada porque sé que a veces el cansancio me arrastra varios días al suelo,
que el sueño me gana muchas veces, que estoy mas tiempo mirándolos a ellos que
a mi misma, y que la vida en la tierra requiere otras cosas también.
Ellos lo saben, me dijo y se rió. ¿Te falta
algo? Me preguntó.
La verdad que no, contesté. Tengo todo.
Y entonces me mostró algo que me cuesta
contarles acá, porque, aunque es verdad, suena muy arrogante de mi parte y mi
lucha contra el ego hace que revise cada pensamiento, cada acción, cada
decisión, cada palabra.
Me mostró otro lugar, en el que habitan algunos
que fueron sombras y ya no lo son. Existe el limbo, es un lugar casi físico,
casi real. Y también existe el paraíso, también es un lugar casi físico, casi
real. El primero es casi vacío, el segundo también. Pero son vacíos distintos,
en uno sólo se puede mirar hacia adentro, son muchos vacíos todos juntos,
indiferentes entre sí, distantes. En el otro son vacíos que no miran hacia
ningún lado en particular, son vacíos que se acompañan, que se mezclan, que
danzan.
Puedo ver ambas danzas, una solitaria y pesada,
cansada, inmóvil. Y la otra feliz, inquieta, liviana.
¿Cuál es la diferencia?
Dios, me dije.
Pedí verla a ella, a la dueña de las medias,
pero me dijeron que no es posible por ahora, pero que está bien.
Y pude ver también cómo ella está en mi y acá,
en Samsara. Porque Samsara también soy yo, y yo también soy ella.
Pedí ver a Samsara y me mostraron una luz
danzante blanca y con forma de llama de vela ardiente y alta, inquieta y sin
borde, caliente y amorosa como la luz misma del fuego. Y entonces me dí cuenta
de que ya la había visto varias veces, que nos encontramos.
A veces siento que yo también soy una luz
blanca de fuego ardiente. Como la dueña de las medias. Aunque, creo, ella nunca
lo supo y es justamente lo que está aprendiendo ahora.
Sé que en algo la ayudé a salir del espacio
gris interno en el que estaba, y sé también que me lo está agradeciendo todo el
tiempo. Lo sé porque veo su sonrisa y cuando junto las rosas que son de ella,
se siente su perfume y se acomodan sobre la mesa formando un espectáculo
maravilloso de ángeles y flores.
Sus rosas me sonríen, igual que sus jazmines y
sus palmeras. Y en mi rostro también se dibuja una sonrisa amorosa y agradecida
¿Quién más que ella, la dueña de las medias, podría dibujarme una sonrisa con
lágrimas que no duelen?
Le pedí permiso al ángel para escribir la historia
de las medias, pero me dijo que no, que primero escriba sobre las almas que
sólo pueden mirar hacia adentro.
Ahora me dice que les diga a ustedes que no es
necesario pasar por ese lugar, que solo existe si uno quiere que exista.
Que nos acompañemos de Dios, que dejemos en sus
manos todo el dolor y que dejemos de creer que somos dueños de algo, ni siquiera
de nosotros mismos.
Que nada ni nadie puede tomarnos a nosotros ni
por un segundo, porque Dios nos reclama.
Pero que lo tenemos que saber, que no tengamos
miedo de lo que viene después, que ahora mismo es un después de un antes que ya
estuvo.
¿Y cómo es este después que estamos viviendo
hoy?
No es cierto que nada trajimos y que nada nos
vamos a llevar.
Trajimos a Dios, y es así como tenemos que
irnos. Con el corazón lleno de amor, sin enojos, sin miedos, sin culpas. Quizás
nos toque volver, quizás nos toque quedarnos un tiempo en la oscuridad, quizás
no volvamos.
Quizás seamos los que venimos en danza de luces
de colores a bailar en los rituales.
Quizás en este momento lo estemos haciendo.
Quizás este baile ya terminó y no nos damos
cuenta, porque seguimos escuchando la música fuerte.
¿Cuál es la diferencia?
Si un día me toca caminar oscura mirando hacia
adentro, perdida de Dios, espero que haya alguien que me vea y me hable
despacio y suave al oído, me tome la mano y levante mi cara, y que al mirarla a
los ojos pueda sentir su calor de llama de fuego, y me permita penetrar en su
alma para que me acompañe nuevamente con el Padre y me libere.
Así es, me dijo el ángel, un ejército de llamas
de fuego se está gestando en los vientres de las mujeres y hombres del mundo
que pueden ver y sentir la tremenda compasión por haber sido, una vez, una
sombra.
Y no me siento arrogante, siento una gran
responsabilidad que me impulsa a silenciarme y revisarme permanentemente.
No sé por qué el ángel me pidió que escriba
esto, quizás vos también sos llama de fuego y, como me dijo una vez, Dios
nos encuentra y nos une para que juntos lleguemos a él.
Si es ese mi camino, y si es esa mi tarea, la asumo
con amor, compasión y mucho respeto. Con humildad y con esperanza, también, por
qué no, de que mi después sea tan maravilloso como mi ahora.
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