Las medias de lana
Detuvimos el
auto en busca de algo caliente, en el medio del camino encontramos un puesto de
artesanías a pesar de la persistente lluvia. Es raro que llueva tanto por acá,
nos dijo la chica que además nos explicó cómo llegar a La Quiaca, cosa
innecesaria por supuesto ya que el gps hace su trabajo perfectamente.
Vendía ropa
de abrigo en enero, sweters, ponchos, medias…. Hacía frío y decidí comprarme un
saco violeta con una llama dibujada.
Las medias….se
me clavaron en el medio del pecho. Esas medias de lana de llama que tanto
busqué durante años y que nunca conseguí.
Ahí
estaban, de varios colores, en distintos diseños, susurrándome despacio,
penetrando mi estómago.
Las medias….¿y
ahora para qué las quiero? Ya no las necesito, les dije. Las busqué en todos
lados, sólo me faltaba esta montaña, pero ahora ya es tarde.
Y se me
clavaban cada vez más profundo en el pecho. Malditas medias, ya no me sirven.
Seguimos viaje
y llegamos a La Quiaca, nos apunamos y nos morimos de frío. Pasamos caminando
el puente a Villazón, descompuestos y con la cabeza explotando. Las calles estaban
llenas de ropa, mochilas, bolsos, mantas y medias de lana….
Pero no
eran las de llama, o no todas lo eran. Las ignoré todo lo que pude pero sentía
que desde los puestos en la vereda me gritaban “¡acá estoy!” algunas serias y otras
riéndose de mí. ¿Y ahora para que las quiero? Pensaba, ya no las necesito.
Pasamos por
Humahuaca, por Purmamarca, por Abra Pampa y el frío me congelaba los pies mientras,
en los puestos de la calle, en todas las ferias y en todos los rincones las
medias me gritaban desesperadas.
Decidí
comprarme un poncho y un sombrero, no paraba de llover y además, sólo habíamos
llevado ropa liviana acorde al clima que suele hacer en enero en Jujuy y en
Salta.
No había
manera de sacarme las medias de lana de llama del estómago, se habían clavado
tan profundo que sentía que salían por la boca, que despedía lana de llama por
el aliento, que también lo evacuaba en el baño.
Ya al
final, me paré frente a esas malditas medias de lana que tanto tiempo estuve
buscando y que ya no me servían, y me quedé un rato en silencio pensando para
qué las iba a comprar, ya los pies de su dueña estaban fríos, de esos fríos que
nunca más se van a calentar.
Y las miré
pensando y entendiendo que la dueña de las medias ya no las necesitaba, que ya
era tarde para sus pies, que no logré llegar a tiempo, y sentí un vacío tan
profundo cuando tuve que reconocer que ya no tenía sentido comprarlas para
ella, y al bajar la mirada, a través de mis ojos vidriosos miré mis pies
congelados.
Y entonces
decidí, muy valientemente, regalarme las medias a mí. Y así, todo eso que ya no
puedo darle a ella, me lo dí a mi misma.
¿Adónde va
el amor cuando ya no se puede entregar a su dueño?
¿Qué hago
con las medias de lana de llama si su dueña ya no las puede usar?
Y el resto
del viaje usé las medias de lana, aunque todavía las siento prestadas, con un
poco de vergüenza me miro los pies que desentonan con el resto de mi ropa de
verano, además del poncho y el sombrero, y me siento orgullosa de mi misma. Me
saqué las medias del estómago, dejé de vomitarlas y me las puse en los pies.
Fui
valiente, creo. Y aunque preferiría que ella esté acá para usarlas, las uso en
su nombre. Sólo los que conocemos a las dueñas de las medias entendemos lo
doloroso que es tener las medias en nuestras manos y no poder dárselas.
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