El infierno
Miro y veo, recién ahora puedo ver. Pasaron muchas cosas que no vi, aunque estaba presente, de cierta manera.
No puedo creer ni entender adónde estaba
mirando y esta sensación de desolación que me invade nuevamente, cada vez que
vuelvo a mirar, ocupa cada espacio vacío de mi todo.
Quiero llorar, creo que lo estoy haciendo, aunque
ya no lo sé. A mi alrededor hay algunos que me consuelan diciendo que hice todo
bien, que dí lo que pude dar, que amé como pude amar.
Desde donde estoy siento cada respiración que
hice, escucho cada latido que latí y cada pensamiento que pensé. Todo junto,
todo a la vez pero ordenado, agrupados en ciertas categorías que no logro
entender pero que tienen una especie de sentido.
Me miro y no me veo, estoy pero a la vez no, ya
no se lo que es llorar o reír, parecen la misma cosa pero se sienten distintas.
Algunas veces creo que me río, en realidad siento que me río, aunque no tengo
boca, ni dientes, ni garganta, ni sonido.
Y cuando lloro, me desarmo como el humo de una
fogata apagada hace tiempo.
Acá todo ocurre a la vez, pero la verdad es que
no ocurre nada, todo ya pasó y sigue pasando eternamente, parece.
¿O seré yo que no puedo salir de este momento
eterno y me hundo en la tristeza del no poder volver y hacer todo distinto?
Creo, supongo, que lo que mas me lastima es que
siento que en realidad no viví como hubiera podido hacerlo. Me enrosqué tantas
veces en pensamientos inservibles, inútiles, innecesarios y me quedé a vivir en
ellos, plácidamente, segura de que en ese lugar seguro y cerrado estaba viva.
Hay algo en mí que duele profundamente, como si
fuera yo misma un dolor. No puedo distinguirlo de mí, me habita y lo habito.
Y escucho todo y me esfuerzo por gritar
despacio, suave, para que puedan oírme. Pero no lo hacen, no pueden. Como yo no
podía.
Y lo entiendo, ya que yo también estuve ahí,
sorda, ciega, muda. Así pasé otra vez este juego que se me hace eterno de
nuevo.
A veces creo escuchar una cierta música que me
gusta, que me cobija y que me abraza. Algunas voces conocidas me levantan la
mirada y me obligan a erguirme de vuelta. Un poco. Pero vuelvo a caer como
antes caía, mirando hacia un adentro que ya no existe y esperando un tiempo que
ya pasó.
Me dicen acá que me quede tranquila, que todo
va a estar bien, que es parte de mi proceso y que esas voces son reales, que no
hay nada que cambiar porque se hizo lo que tenía que hacerse, y que gracias a
mi muchos van a encontrar su camino antes de partir.
Me piden que recuerde mis últimos días, y
cuando lo hago me siento flotando en rosas rosas y jazmines, rodeada de
perfumes y palabras de amor, y miradas que lo envuelven todo, gestos y caricias
de esas que nunca había tenido. Pero las tuve, al final.
Y acá, como todo ocurre a la vez, puedo sentir
como esas caricias estuvieron siempre, desde el principio. ¡Qué lastima que no
las sentí!
Me dicen también que es momento de aceptar las cosas,
así como fueron y así como son, que es necesario hacerlo para poder continuar.
Me cuesta eso, quiero decirles esto, quiero
decirles que no dejen de darse cuenta de las caricias, que no guarden los pétalos
y los perfumes para el final, que naden en ellos y se envuelvan en amor del
bueno.
Que no hagan lo que yo hice, que no piensen
tanto y que sientan más. Pero que no se queden a vivir en ningún sentimiento ni
pensamiento. Que hagan todo y que no hagan nada. Es lo mismo si los llena de
amor.
Abran los ojos y las manos para recibir
también, que el universo es suyo, nuestro, de todos. Que nada tiene sentido si
no es con amor. Que se habiten de Dios.
Yo tuve miedo, tuve tanto miedo que construí un
mundo en mi mente igual a mi miedo.
Ellos me dicen que no fue lo único que hice,
que planté miles de flores también. Que ahora es cuando hay que cosechar toda
esa hermosa siembra. Que lo haga, que levante la mirada y vea los campos que
sembré con mi propia semilla.
Y así voy y vengo, entre el campo de flores y
el castillo de miedo, intentando decidir adónde quedarme, al menos por un
tiempo. No importa cual elija siempre miro al otro. Así, como fue mi vida
también está ocurriendo mi muerte. Este es mi infierno.
Y una lucha ocurre adentro mío, o mejor dicho
en mí. Me preguntan cuánto tiempo voy a estar así, mirando y mirando todo sin
tomar una decisión.
¿Voy o me quedo?
Y escucho una voz suave, conocida, que me
acaricia y un poco me derrite, me dice..
-Andá, ma.
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