3500 años
Una noche tuve un sueño.
Soñé que una voz suave me decía, un poco
divertida y un poco seria, que ya hacía 3500 años que estaba en la tierra.
Y me mostraba una sensación de paz en el
corazón que me envolvía completamente el cuerpo, y mi alma se sentía en reposo,
en calma, tranquila.
En un destello de pensamientos vi pasar frente
a mis ojos muchas vidas, muchas muertes, muchos dolores, muchas tristezas,
muchas alegrías. Fue un destello simultáneo de todo a la vez, y todas las
emociones se instalaron en mí indistinguibles una de la otra.
Me desperté, aunque ya estaba despierta, abrí
los ojos buscando en mi interior esa información que no era nueva para mí pero
que se había renovado, iluminando partes oscuras y desconocidas de mi alma.
Sentí una inmensidad tremenda en mi corazón,
una sensación de amor y desapego por mi propia vida, por mi propia muerte, por mi
existencia.
¿Qué significa este sueño no tan sueño? ¿Para
qué estoy jugando un juego que ya jugué tantas veces? ¿De qué se trata? ¿Se
puede ganar? ¿Tan mal lo hice que necesito volver a jugar? ¿Quiénes son los
otros jugadores?
Entendí que todos los jugadores soy yo misma
intentando cientos de veces ganarme, mantenerme en mí, no traicionarme, sostenerme,
pase lo que pase, en un mismo camino. Ser fiel a mi corazón y a mí, a mis
elecciones, al amor.
Y la sensación fue maravillosa porque esta vez
lo estaba logrando, no fue necesario para mi corazón disimular que estaba roto,
se rompió mil veces y las mil veces lo volví a armar, pude mirarlo desparramado
y aceptarlo así, sangrando, gritando y tratando de escabullirse por algún costado.
No lo negué, no lo vengué, no me traicioné.
Fue y es duro, tengo que confesar que a cada
instante me pide a gritos que lo libere, pero yo no quiero hacerlo. Decido no
hacerlo, lo dejo sangrar y arrugarse, contraerse y morirse a cada momento para
volver a empezar. Esto ocurre de manera continua, permanente. Es una lucha
cuerpo a cuerpo conmigo misma intentando contenerlo, abrazarlo, armarlo otra
vez, mil veces en cada segundo.
En algún momento creo que va a dejar de romperse
para mantenerse entero, porque lo tengo prisionero en una celda de amor por mi
misma, de justicia, de dignidad, de lealtad.
Mi vida ya me pasó miles de veces, pero esta
versión es la última. Puedo ver a todos los jugadores y sus papeles en esta
comedia final festejando con una danza armoniosa sus papeles bien actuados. No
lo saben por supuesto, como yo no lo sabía.
Pero ahora lo sé, y aunque mi mente traicionera
me diga todo lo contrario, estoy bailando con ellos en el festejo de lo que, al
fin, es el final del drama.
Y pude ver mi versión más elevada en el medio
de este lío, y pude entender que no hace falta que haga nada distinto, que esta
vez, si hago las cosas bien, es el fin. La última partida de este juego, para
poder empezar de nuevo y sacar otras cartas.
¿Eso significa que gané?
Creo que no se puede ganar ni perder, sólo se
repite hasta que aprendemos, y yo, creo, estoy aprendiendo. Estoy aprendiendo a
amarme así, como soy. Estoy aprendiendo a entregarme a Dios de manera sincera
sin esperar nada, renovando el compromiso a cada instante, en cada momento, en
cada respiración consciente que hago todas las veces que puedo, que me reconozco,
que me siento.
Cuando mi mente intenta controlar mi corazón,
me voy a un lugar hermoso en el que conocí por primera vez, hace ya muchos años,
a mi yo elevado. No supe en ese momento quien era, pero hace unos días me lo
confesó, cuando la volví a encontrar.
Ella se sonreía y de sus ojos y su cuerpo emanaba
luz radiante, tiene un cetro en la mano derecha con un símbolo en la punta, y
en su cabeza una especie de tiara con una figura geométrica que no termino de
distinguir. Usa una túnica de luz blanca que le cubre todo el cuerpo, y su
rostro expresa una paz y una sabiduría que no comprendo.
Fue una experiencia extraña, porque yo bajé con
mi niña, mi adolescente y mi adulta, y de repente la encontré a ella, mi yo
elevado, recibiéndonos.
Me encantó verla ya que hacía mucho tiempo que
no lo hacía. Nos recibió y nos abrazó, y a mi adolescente dolida le cambió la
ropa oscura y le puso ropas de colores.
Y me mostró como todos aquellos que estaban
jugando mi juego bailaban felices, acompasados en una coreografía que parecía
ensayada miles de veces. Y nos invitó a bailar con ellos.
Yo al principio me negué, “me hicieron mucho
daño” le dije, y ella me dijo sin palabras que hicieron bien su trabajo, que
fueron generosos y aceptaron estos papeles tan difíciles.
Me detuve un instante para verlos danzar, ellos
sonreían transparentes y su luz también se manifestaba de cierta manera. Miré a
mi niña y a mi adolescente y me pregunté si ellas también podían verlos como yo
los veía. Ahí estaban, bailando, todos los hombres que habían abusado de nosotras.
Mi niña fue la primera en empezar a sonreír y
mi adolescente, un poco más ruda, miraba para otro lado. Las abracé a ambas y
nos dije con amor “está todo bien, ya pasó”
Y caí(mos) al piso en un mar de lágrimas y lloramos
de agradecimiento durante varios siglos de los nuestros. Y luego bailamos.
Bailamos juntas las cuatro, abrazadas, felices,
agradecidas. Al fin pude verlos a todos y comprender cómo fueron empujándome de
a uno hacia mi misma. Fui yo quien no lo veía y elegía alejarme cada vez,
buscando a otro que lo hiciera.
Hasta que el último se hizo presente y me llevó
a mi límite, me hundió en un pozo de desesperación tan profundo que me fue
imposible negarlo, y encontré mi fondo y tuve que elegir otra vez. Él era el
que estaba en la primera fila, llevando el compás.
Y esta vez, me elegí a mi.
Y acá estoy, adonde nunca estuve, conmigo.
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