Una vez tuve un reino




Sobre una colina de roca y arcilla existía un imponente castillo hecho también de roca, cada una labrada con escenas de nuestra historia. Podías leer cada parte de mi creación en mi templo. Aunque, viajero, te advierto que no es una tarea fácil.

Es posible que encuentres tu propio reino.

Desde una de mis enormes galerías podía ver el sol al amanecer iluminando cada una de las laderas de las montañas que rodeaban mis tierras. Una brisa fresca y suave movía mis cabellos adornados con flores y piedras preciosas y mis túnicas livianas y casi transparentes. Sobre mis brazos desnudos y mi cuello esbelto sentía ese primer calor del día. Allí el cielo era más azul, mas claro, mas cercano.

Debajo, en el llano estaba mi pueblo. Hombres y mujeres felices que también se detenían al amanecer con la mirada posada en el sol, sus rostros preparados para recibir las bendiciones de ese nuevo día que comenzaba a empujarnos a todos hacia la cosecha, hacia las tareas, hacia los animales.

Yo, desde mi palacio los observaba y velaba por cada uno de ellos, atenta a cualquier necesidad, a cualquier desajuste o desproporción.

Ellos venían a verme siempre que necesitaban consuelo, consejo, bienestar, cobijo. Y todos y todas eran bienvenidos, atendidos como sólo se atiende a gente de la nobleza. Porque ellos también eran nobles, sagrados, únicos.

Yo, agradecida como estaba por poder gobernar y por ser elegida por mi pueblo, entregaba mi vida y mi tiempo a sostenerlos a todos, a acompañarlos a todos, a cuidarlos.

En otra galería también tallada en piedra, en lo alto de la colina, podía ver la puesta de sol y a las estrellas asomándose de a poco, a medida que el rojo-naranja se transformaba en negro. Y las noches estrelladas que iluminaban el valle junto a la luna, me mostraban otros reflejos distintos pero no menos importantes de nuestra realidad.

Yo veía todo, y sentía todo. Comprendía todo incluso mucho antes de que vinieran a mi. Pero esperaba sus llegadas para agasajarlos a cada uno con fruta y vino de nuestra cosecha. Mientras, ya su respuesta estaba en camino, de manera que, al volver a sus casas, ya todo se había ordenado.

A veces, muchas veces, tuvimos que llorar juntos porque era el único consuelo que podía ofrecer. Pero lo hacíamos y al llegar a su casa, ya todo estaba en orden. Y dejaban su dolor conmigo.

Tenía cortinas de gasa blanca y beige que bailaban al ritmo del viento, muchas veces tuvimos que bajar la colina para buscarlas ya que solían viajar hacia otros valles.

Teníamos también un río que descendía furioso por una ladera y al llegar al suelo se suavizaba tiernamente siendo alimento para nuestros animales y para nuestras plantas.

Los niños no tenían ninguna obligación allí, sólo de ser niños. Y yo velaba especialmente sobre el cumplimiento de esta regla. Cualquier infracción a esta ley traía consigo una terrible pena, un terrible castigo. Consistía en que el infractor fuera niño nuevamente. Tenía que volver a empezar para volver a aprender. Y asi era, cada uno repetía esa parte de la historia que no había comprendido.

En realidad, había una única regla: amarse. Primero a sí mismos y luego a todo lo demás. Se respetaba y se bendecía todo en mi pueblo, el aire, el sol, los otros, las promesas, las palabras.

Estaba prohibido terminantemente odiar. En realidad, no hacía falta prohibirlo porque nadie sabía lo que significaba, pero por las dudas y por que una vez había pasado, lo puse en el reglamento.

Muchas personas se acercaban a mi preocupadas, pensando que quizás estuvieran faltando a esa regla sin saberlo. Aguantando la risa les consultaba sobre el por qué tenían esa sensación y siempre terminaba siendo un enojo pasajero, algo sin importancia que hacía que el corazón latiera más rápido.

Era obligatorio pedir perdón y repartir todo justamente. No se permitía guardarse nada para sí mismo, ni un llanto, ni una palabra, ni una vaca.

No se permitía cortar las flores pero, si estaban de acuerdo, podían usarlas para hacer perfumes y esencias. Aunque algunas veces también las usábamos para adornar las cabezas de las personas.

No había hombres y mujeres, cada uno podía elegir, si quería, lo que era. Y todos tenían permitido estudiar, rezar, hablar, trabajar, llorar, opinar. Pero nadie podía, en mi reino, usar el sarcasmo. Esos eran castigados duramente poniéndolos delante de un tribunal experto en burlas, que solamente dejábamos salir en esas ocasiones.

La ley era, básicamente, no dañar. Y cualquier falta a esa ley era amorosamente castigada.

El castigo físico y el emocional estaban terriblemente proscriptos. Durante mil años no tuvimos ni una sola persona con daño emocional, salvo el que se hubiera causado ella misma con sus propios pensamientos. Y ellos eran especialmente acogidos en mi reino durante el tiempo necesario para restablecer su amor propio.

Tuvimos muertes porque fuimos humanos, pero éramos tan felices que podíamos seguir amándonos aún después del funeral. Nos despedíamos de todos con la alegría de quienes sabemos que van a un viaje de descubrimiento y vuelven a casa, porque sabíamos que era aún mas maravillosa que la nuestra.

Y yo, no estaba sola. Estaba rodeada y amada por todos ellos, mi pueblo, mi amor. Y también por la montaña, el aire, el cielo, el sol.

Y vos decís, ¿Quién me sostenía a mí, que sostenía a todos?

Es una buena pregunta, nunca me la había hecho hasta ahora. Me pongo a mirar mis ladrillos y no encuentro esa respuesta. Creo que esa parte de la historia aún no la tallé.

¿Será que yo no necesito el mismo abrazo que necesitan todos? No lo creo, soy humana también.

¿A qué templo voy cuando yo me traiciono? ¿Quién me consuela? ¿Quién me mira con dulzura cuando me hablo mal de mí?

Tengo una respuesta a esas preguntas, pero no sé si es suficiente: Dios, yo misma.

En ese reino, yo era la reina de mi misma también. Y por sobre mi sólo estaba Dios, nadie más.

Y en mis noches de tormento acudía a él. Quizás eso es suficiente.

Creo que voy a seguir tallando las rocas, de a poco, lentamente, eligiendo bien las imágenes para que este templo sagrado para mi, sea también un mapa para vos, querido viajero.

 

 

  

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