Mujeres…
Nací mujer, y aceptar eso fue muy difícil para
mí.
De chica aprendí a tender las camas, a hacer la
leche, a lavar ropa, a cuidar a mis hermanos, a lavar los platos, planchar,
ordenar….
A ser obediente, a esperar aprobación, a
mejorar y a ser mejor. Muchas veces me sentí mejor que mis hermanos, sólo
porque yo tenía la aprobación de mi madre.
Pero el costo de esa aprobación era muy alto…
Y así fui por la vida buscando siempre la
aprobación, queriendo ser mejor, que yo, que todos.
Ser mejor…
Y fui alejándome cada vez mas de esto de ser
mujer. Me resultaba muy pesado, muy denso.
Pero no entendía, en realidad, qué es ser mujer…
Hace poco, una mujer me dijo que le costaba
esto de sentirse mujer nuevamente, luego de una separación. No lo entendí.
¿Acaso no somos mujeres siempre? ¿Cuándo fue
que dejamos de serlo? ¿Lo fuimos alguna vez?
Y también me pregunté y les pregunté a otras
mujeres, ¿Qué era ser mujer? Porque yo no lo entendía, evidentemente.
Y me dijeron cosas como pintarse las uñas y
arreglarse….
Seguí sin entender, ¿Eso es ser mujer? ¿Y qué
es ser femenina? ¿Vestirse con tacos?
Pensé en mujeres que nunca hicieron nada de
eso, y las vi tan femeninas. Y pude ver esa energía en sus ojos.
Y pensé que nunca pude entender eso….soy mujer
y lavo, y plancho, y cuido, y limpio, y no me pinto las uñas…pero soy o no soy?
Sé que soy, bah…debo serlo….pero siempre quise
ser hombre. Creo que sólo me faltaba una parte de mi cuerpo físico para serlo. Hasta
el desprecio por las mujeres sentí. Y me pregunto si será que los hombres
también lo sienten o solo las mujeres como yo lo hacen.
Siempre le escapé a los círculos de mujeres, me
parecían débiles, lloronas, lastimosas. Me sentí superior.
Mis amigos fueron, en su mayoría, hombres; nos
entendíamos mejor, hablábamos mejor, nos reíamos mejor. Las cosas de mujeres no
eran para mí.
Las cosas de mujeres…..
¿Limpiar? ¿Cuidar? ¿Peinarse? ¿Gustar? ¿A quién?
¿No somos mujeres si no tenemos pareja? ¿Y si tenemos una pareja también mujer?
No lo puedo entender, no me puedo entender…
Y un día empecé a mirarnos, a las mujeres
reales, las que habitan detrás de todas esas máscaras. Y vi grandeza y poder. Vi
amor y sostén.
Las empecé a mirar fuertes, libres, vibrando, latiendo,
cuidando, sosteniendo, apoyando. Llenas de amor por todos y por todo, salvo, quizás,
por ellas mismas.
Y de repente las amé profundamente. Sentí su
sagrado y el mío tan presente y tan poderoso.
Nosotras somos quienes nos quedamos siempre,
quienes nos entregamos siempre, quienes amamos siempre. Somos las que
sostenemos, las que acompañamos, comprendemos, asistimos, sanamos… las que nos
reconstruimos cada vez, morimos y volvemos a nacer infinitas veces, para seguir
sosteniendo, para seguir acompañando.
Las amigas, las madres, las hijas, las abuelas,
las vecinas, las mujeres. Siempre estamos para los demás, somos capaces de
entregar todo nuestro amor a cambio de nada.
Amamos.
Acompañamos.
Cuidamos.
Sostenemos.
Y somos juzgadas igual, por las otras mujeres
que, como yo, se sienten hombres.
Algunas, muchas, ya lo saben. Otras, como yo,
recién lo están aprendiendo. Otras no lo van a saber nunca. Pero yo, hoy, lo
sé.
Siempre que necesito fuerza pienso en mi mamá y
en mis abuelas. Ellas sí que la tuvieron. Tuvieron que entregar demasiado para
sobrevivir, estuvieron solas, tuvieron miedo. Pero se quedaron. Como pudieron,
como supieron, como les permitieron. Porque nosotras necesitamos permiso para
vivir. Para ser. Y el precio de esto es muy alto. Necesitamos ser ese tipo de
mujeres que esta sociedad, esta cultura, impone.
Siempre sentí que esta obligación era muy pesada,
y me rebelé contra ella todo lo que pude, aunque pude bastante poco. Aprendí las
reglas y dentro de ellas me moví.
Así fue que me casé, estudié, emprendí. Pero lo
hice como si fuera hombre, lo admito.
Y hoy me desperté siendo mujer.
Pensé en María y en Jesús. El entregó su sufrimiento
físico, su cuerpo. Pero ella, viendo morir a su hijo permaneció a sus pies,
sosteniendo, acompañando, llorando su terrible dolor. Y siguió su camino de
amor, a pesar de ese dolor. O con ese dolor. O por ese dolor.
Y María Magdalena, a sus pies también pudo continuar
con su legado, su propio amor, su propia compasión.
Y pensé, ¿habrá habido algún hombre ahí? No lo
se….quizás si, quizás no. Pero mujeres seguro había. Porque nosotras nos
quedamos, nosotras amamos a pesar de todo, nosotras cuidamos.
Y siempre elegimos el amor, porque lo conocemos
de verdad, porque somos semillas y somos frutos, porque gestamos vida, creamos.
Somos milagros.
¿Me estoy comparando con los hombres? No lo
creo, me estoy separando de ellos. Mirándome a mí.
Soy mujer, porque lo elijo. Porque me llenan de
orgullo todas las mujeres, porque somos sagradas. Porque me cuidaron, me
amaron, me sostuvieron sin pedirme nada. Porque me valoraron aún cuando yo no
lo hacía. Porque me amaron sin pedirme nada a cambio.
Así amamos las mujeres, con entrega, con
pasión, con verdad.
Aunque a veces también nos confundimos y
entregamos nuestro amor a quienes no lo valoran. Pero, así y todo, seguimos
amando. Porque somos amor profundo, sincero, apasionado y cuidador.
Tardamos mucho, quizás, en darnos cuenta de que
podemos, de que somos fuertes, somos completas, somos tribu.
Quizás yo tardé mucho en darme cuenta.
No me considero feminista, todo lo contrario,
soy machista. Pero no por elección, por crianza y por ignorancia.
Pero hoy me empiezo a sentir mujer sagrada,
mujer con todas las letras. Orgullosa de serlo, orgullosa de mis emociones, de
mi pasión, de mi femineidad que no tiene nada que ver con pintarse las uñas,
aunque lo hago.
Orgullosa de mi llanto y mi dolor, orgullosa de
mis miedos, mis inseguridades, mi amor profundo y compasivo que, por suerte o
por gracia sigue intacto a pesar de todo.
Las ví levantarse, sacudirse y seguir. Como yo.
Y me siento profundamente orgullosa de cada una de ellas, de todas, de
nosotras, de mí.
Un día quizás necesites fuerza, te doy la mia,
usala como quieras. No te preocupes que no se gasta, se multiplica cada vez que
alguien la toma. Es tuya también porque es gracias a vos que la tengo. Usala hasta
que un día descubras la tuya, que te habita aunque no lo sepas. Pero, me
gustaría decirte que tu fuerza, esa que sentís que necesitas para seguir,
reside en tu corazón, es el amor.
Amate todo lo que puedas, ahí está tu poder. No
la uses para agradar o para convencer, no hace falta. Siempre vas a encontrar a
una mujer que te sostenga cuando lo necesites. Confiá.
Somos fuego antiguo y viento nuevo, aire cálido
y paz, de esas que calman y cierran las heridas. Sabelo.
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