¿Y si el monstruo soy yo?

 



Fui un viento suave una vez, una brisa cálida que disfrutaba acariciar a los árboles, a las nubes, a las personas. Me movía libre entre los espacios y me gustaba la idea de poder desarmarme y volverme a armar, viajando por distintos paisajes a lo largo de todo el planeta. Desde muy lejos podía observar todo junto, todo a la vez. No había nada que interrumpiera mi paso, ya que yo podía siempre encontrar un lugar, aunque sea pequeño, por donde pasar. Era una sensación increíble esto de no tener límites pero a la vez ser yo, distinto de otros y de mí mismo también.

Un día, de entre todos los días, igual a los demás días, soplé muy suave sobre un rostro y tuve sensaciones que nunca había tenido. Algo me penetró y tuve la necesidad de volver a pasar, volver a acariciarlo, sentir otra vez esto que nunca había sentido. Era raro ya que hasta ese momento sólo conocía la ligereza de ser quien yo era. Pero algo fue distinto y me sentí atraído por este extraño sentimiento, la necesidad de quedarme un rato más así, descubriéndome en otras sensaciones nuevas para mí.

Quise quedarme un poco más, quise saber si este rostro también había sentido esto que yo sentí, y me detuve un largo rato sobre él intentando que me note, intentando que me vea, que me disfrute, así como era: suave y cálido.

Pero no lo hacía, yo no sabía por qué no se daba cuenta de mi presencia. Yo era hermoso y tierno, podía abrazarlo desde todos los ángulos, podía acercarme tanto que nos confundíamos en uno sólo. En sus alientos me devoraba y yo entraba en ese cuerpo ocupando todos los espacios, llenándolo de mi paz y de mi esencia. No parecía disfrutarlo, pienso que quizás estaba tan acostumbrado a la brisa suave que no distinguía mi presencia de otras que antes habían estado también.

Insistí durante varios días, lo acompañé a todos los lugares que pude, siempre acariciándolo, presente en todos los momentos y en todos los espacios. No me di cuenta de que había dejado de volar por los otros mundos, de soplar en otros paisajes ya que mi necesidad de que me note era demasiado fuerte.

Empecé a soplar distinto, un poco más frio, un poco mas fuerte, un poco más gris. Quizás así se daría cuenta de mi…pero no fue así, comenzó a sentirse incómodo en mi presencia y a cubrirse para no verme.

¿Qué le pasa? ¿Por qué me evita? Yo no lograba entender por qué no me disfrutaba, yo, cálido como era podía llenarlo de vida y de amor y de paz. Si sólo me respirara…

Pero no lo hacía, y yo entonces me fui transformando de a poco en un viento cada vez más fuerte, cada vez mas oscuro, cada vez más huracán. Y seguía a su alrededor intentando que al fin me reconociera.

Lo soplaba con tanta fuerza que se transformaba en otra cosa, un poco irreconocible, muy distinto del que una vez había sido. Cerraba a boca para no tragarme y los ojos para no verme. Yo lo castigaba sacudiendo su pelo con furia y golpeándolo con latigazos de hojas y ramas sueltas. Sólo quiero que me mires, le decía. Pero mis palabras eran incomprensibles para él, que sólo podía escuchar el zumbido ensordecedor de la tormenta que yo desataba.

Con mi furia atraje tempestades y truenos, rayos que caían muy cerca de él y que a veces lo quemaban.

Me fui volviendo inconsciente de mi mismo, me fui transformando en ese vapor oscuro que cubre algunas ciudades, lleno de veneno y de pestilencia. Y al acercarme a “mi” rostro lo llenaba de mí mismo. Un poco me gustaba eso, se lo merecía.

No conoce el amor, me decía a mi mismo para convencerme de que envolverlo en mi mierda estaba bien, era lo que él necesitaba para poder ver la luz que me habitaba.

Pero ya no me habitaba ninguna luz…era un manojo de sombras con forma pesada y densa, opaca y sin vida. Por su culpa.

Era tanto mi sufrimiento que me transformé violentamente arrasando con todo lo que a mi paso se cruzaba, levantando olas enormes y derribando puentes. Tiré árboles, avivé incendios, volé techos, destrocé vidas. Por su culpa.

Me alejé de “mi” rostro, aunque cada vez que podía volvía a soplarle lo mas hediondo que tenía, para que me recuerde y pueda ser testigo de lo que me había hecho. De lo que había hecho, ya que por él se habían desatado todas esas catástrofes.

Pero él, inocente, sólo cerraba las ventanas y las puertas dejándome afuera como si yo no existiera. Nunca me agradeció lo que dí, lo que perdí por él. Por su culpa.

Nunca me pidió perdón, nunca reconoció todas las veces que me respiró profundo y sané sus heridas. Las incontables veces que lo acaricié durante horas y lo protegí de otros vientos no tan amables como yo.

En mi dolor no podía ver nada mas que su indiferencia, ni siquiera podía verme a mi mismo.

Con el tiempo, como todos los mortales “mi rostro” partió, y yo me quedé soplando, marchito, sin vida. Tratando de entender qué había hecho mal, si le había dado todo mi aliento.

Es un monstruo, me dije para consolarme. No sabe nada del amor, ni del agradecimiento, ni del perdón.

Cansado me detuve, una vez, no hace tanto. Quise reposar tranquilo y sereno una noche estrellada. La luna me habló con su luz y su amorosidad y me dijo, sin palabras, que ya era suficiente. Que me detenga, que me mire como ella me miraba. Y me mostró sin decirlo esas viejas sensaciones que antes tenía y que había perdido. Y me pidió que recuerde, y yo recordé.

Y al recordar me recordé a mi mismo, al que había sido. Y lloré. Una llovizna suave cayó sobre la tierra y germinó las semillas que ahí esperaban, bajo el suelo. Y mi llanto fue desarmando mis capas negras mientras una suave chispa divina comenzaba a asomarse en algún lugar en mí.

Intenté recordar a ese rostro, pero ya no podía, se había ido hacia mucho tiempo ya.  Miré a la luna y la amé nuevamente, comencé a moverme suave entre las gotas de agua que caían desde el cielo y a danzar con ellas mientras los brotes nuevos y verdes asomaban erguidos y fuertes.

Y la tierra me recibió amorosamente y las nubes se acomodaron sobre mi invitándome nuevamente a ser quien yo era. Quien había sido.

Y con un poco de fuerza comencé a soplar, suave, libre, liviano. Tuvo que pasar mucho tiempo terrestre para que el recuerdo de ese rostro se diluyera y dejara de doler del todo, ya que me había dejado una herida profunda que tardó mucho en cicatrizar.

Pero entendí que casi todas las veces no hay monstruos. Ó, en todo caso, habitan adentro nuestro.  

También entendí que muchas veces, somos rostros.


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