La reina, los peones y demás

 

 


La primera vez que alguien dijo que debíamos aprender a vivir en la incertidumbre, me reí y me sentí disgustada, enojada, indignada. 

Hoy entiendo que era una gran verdad.

Vivimos en la incertidumbre, en un espacio tiempo que no solamente no es lineal sino que además muta, se transforma, cambia constantemente.

No tenemos ni idea de lo que nos va a traer el próximo suspiro ni tampoco lo que se va a llevar. Así vivimos toda la vida hasta ahora, creíamos tener algunas certezas, seguridades, cosas sólidas.

Construimos castillos de cemento y lealtades a nosotros mismos convencidos de su dureza y permanencia, a pesar de todo.

Y sufrimos. Cada vez que el universo nos movió una ficha y nos desestabilizó con una nueva distribución y se modificaron las reglas del juego que creemos que estamos jugando, sufrimos intentando sostener a la reina en su palacio, aunque en realidad, la reina ya había muerto. Y ni siquiera nos dimos cuenta.

Este tiempo nos invita, mejor dicho, nos impulsa a navegar otras aguas, no tan calmas como creíamos, no tan tormentosas como esperamos.

Ya no hay nada que podamos saber, sobre lo cual nos podamos sostener, apoyar, observar durante un instante más largo que un parpadeo, porque al volver a mirar es posible que ya no esté o haya cambiado de forma. Y nosotros también.

Al principio nos sentimos desesperados, empezamos a dar vueltas en círculos, enloquecidos, intentando volver a la ilusión de la permanencia, de la estabilidad, de lo conocido, que, aunque sabemos que es sólo una ilusión nos atrae como una fuerza invisible y viva, nos invita a volver a esa sensación segura de saberlo todo.

Pero no, no podemos. Y lo intentamos miles de veces, y seguimos sufriendo cuando otra vez las piezas del tablero se mueven solas y la reina cae nuevamente. Miramos al rey con la esperanza de que aún esté vivo pero descubrimos que no existe y que la reina, somos nosotros. Y el juego vuelve a empezar.

Esto fue siempre así, nos damos cuenta, pero más lento. Ahora todos estos procesos, estas movidas, estas fichas caen más rápidamente y en una danza que desde nuestra mirada ingenua es caótica e improvisada, pero no lo es. Es intencional y sistemática, mucho más de lo que podemos reconocer.

Comienzan a caer los velos y las máscaras se desvanecen corriendo las nubes internas y externas que no nos permitían observar-nos. Y comenzamos a ver.

Y lo que vemos casi nunca nos gusta. Nos conmueve y nos destroza el corazón, nos derrota, entendemos cómo esa reina caída necesita un suspiro de vida y se lo damos, y el próximo juego comienza con otro aire, esta vez.

Pero en esta nueva partida, sabemos que no hay forma de ganar, porque la reina nuevamente va a morir. No sabemos cómo, ni cuando ni por qué, sólo sabemos que es su destino y de alguna manera comenzamos a observar con menos velos el juego que se desarrolla en nuestro interior y miramos los movimientos que comienzan a develar su sentido, su ritmo, su lógica.

Sorprendentemente ya no intentamos protegerla, ella se pone delante de los peones y de las torres y de los caballos y espera pacientemente la próxima movida. No se resigna, no se entrega, sólo espera y aprende.

Espera….

Aprende…

Navega….

Construye sabiendo que es posible que todo se derrumbe, pero lo hace igual, con una comprensión nueva de las reglas implícitas, confiando en que al caer este nuevo castillo va a dejar espacio para otro mucho mejor, o para un jardín, o para un cielo, o un infierno, porque en esta construcción y destrucción, ella esta vez, estaba observando. Y aprendió a volver a levantar todo y resetear el juego.

No pretende construir nada sólido, solo aprender y con eso, basta.

La incertidumbre se transforma en su lugar seguro, en su mundo, en su tablero, en su oponente y también en ella misma, porque también aprendió que ni siquiera ella sabe cuál será su próximo movimiento. Y que todos los que juegan son reinas en su propio juego, pero no todos lo saben.

Todo desaparece de a poco, todo toma sentido y a la vez lo pierde, todo encaja perfecto pero al hacerlo, desaparece, se integra, se acomoda y se transforma en nuevas piezas de juego.

Yo me pregunté una vez de qué se trata este juego, y me dijeron que es el juego del amor incondicional. También pregunté cómo se gana y cuál es el premio, me respondieron que si uno gana, ganamos todos y que el premio es la vida.

Dije que es injusto, que si yo gano quiero ganar yo sola, porque el tablero es mío y soy yo quien está aprendiendo a jugar.

Tardé mucho en entender que no estaba ganando, que el sólo hecho de querer ganar hace que pierda.

Pero también entendí que en esas preguntas está la clave de toda la existencia en este plano.

Al menos la mía.

 

 

 

 

 

 

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