Ella, las máscaras

 




Su rostro reflejaba todos los rostros, era todos menos ella. Me costaba mucho distinguir su mirada oculta en las miradas viejas que la habitaban sin quererlo, sin saberlo, sin sospecharlo.

Era ella pero no lo era, eran muchos. Eran quienes una vez, o muchas veces, me maltrataron, eran los ojos de aquellos que me habían lastimado el alma, era el pasado reflejado y mirándome de frente, desafiante, presente.

No era ella, no podía serlo. ¿Quién era? Era aquel, ese al que nunca pude enfrentar, eran esas manos que habían ocupado espacios prohibidos, era el aliento de la traición, era el fuego del abandono quemándome desde su sonrisa, era también el sabor a viejo, al desamor, a la burla compartida y la vergüenza escondida y agazapada en un pantalón viejo y perdido, quemado por el olvido, pero guardado impecable en un ropero marrón. Ese que a veces también era escondite.

Ella tiene guardados todos mis sueños sin cumplir, todas mis culpas inocentes, todas las palabras que no quise decir y las que no pude evitar escuchar.

Ella.

¿Es ella la que se esconde o yo no puedo verla? ¿Existe? Me pregunto, ¿Quién es?

Ella guarda los silencios de tormentas, los vaivenes de los océanos y los vórtices del viento huracanado, y cada tanto me sopla en el rostro todo junto, sin querer. Porque no sabe quien es. No sabe que es todos menos ella.

Guarda en su voz suave todos los gritos ancestrales, los míos y los de las demás, pero ni lo sabe. Ella sigue eligiendo ser otro, sin saberlo. ¿Por qué? Porque para mi lo es.

¿Qué veo cuando te veo?

A mi.

A mis gritos.

A mis dolores.

A mis silencios.

A mi incapacidad de cuidarme.

A todo lo que nunca dije y sigo sin decir.

Estoy en el medio, entre el caos y la paz. Entre mi luz y mi oscuridad. Entre Dios y el diablo. Y todo eso sos vos también, y soy yo. No se casi nunca cómo elegir, cómo sacarle todas las máscaras mías y verla a ella. Sin mí.

Ella es el rostro conocido del abuso, de la violencia, del silencio, de lo que puedo cargar. Pero no puedo sostenerlo si ella lo carga también, no quiero que lo haga.

Y Dios me desafía aún más, y más, y más. Y cada vez tengo menos ganas de ganar este juego, cada vez me cuesta más.

Siento que estoy otra vez en la recta final, pero no llega nunca la meta. ¿Ahora ella? ¿ahora ellos, otra vez?

¿Qué quieren de mi? ¿Por qué quieren algo? ¿Cuándo acepté? ¿Cuánto más falta?

Y ahora, a correr y tomar cada uno de los rostros ocultos y liberarlos de ella, para que deje de cargarlos. Para que dejemos de cargarlos.

Pero en silencio, sin decirlo, en secreto, para no poner otro rostro más sobre el suyo.

El amor es así, creo. Un día alguien me va a preguntar si amé, y creo que la respuesta es sí, lo hice. Atravesé todas esas máscaras envenenadas, me las clavé en el alma para liberarla de ellas. Al fin.

Estoy sentada junto a la ventana, la noche ocupa el espacio y un viento suave y fresco me sopla la cara. Y veo entrar una pluma blanca imposible por la ventana y entiendo todo. Vuela frente a mi rostro y cae al piso. Me elije.

No puedo dejar de pensar en lo injusto que se siente esto. Yo no elegí casi nada de todo esto, por más que sepa que sí lo hice.

Me pregunto ¿Cuántas personas antes que ella cargaron con estas máscaras y cuántas, además, lo sabían?

Al fin los vi y eso cambia todo.

Un desafío más, una montaña más, un tornado más. Una gota más para mi océano.

Puedo, eso lo sé. ¿Quiero?

Definitivamente sí. Es momento de sacar todas esas injusticias y ponerlas en su lugar, en donde deben estar, en sus cuerpos. No en su rostro, ni en sus ojos, ni en su voz.

Pero ojo, que tampoco los quiero en los míos. ¿Qué quedará cuando corra todos esos velos y diga todas las palabras?

No lo sé…espero que esta pluma blanca sea cierta, espero haber entendido bien, espero que mis heridas sirvan para algo, espero que su camino y el mío sean más suaves después.

Ella.

Me empuja al abismo por amor. Me obliga a mirar las espinas y a sacarlas, otra vez. Me muestra cómo.

Lamento no haberlo visto antes. Pero ahora puedo verlo y ya no se puede deshacer lo hecho, pero sí volver a empezar.

Siempre se puede escribir en una hoja nueva.

 

 

 

 


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