Yo te explico…

Pocas cosas despiertan mi ira más rápidamente que esa frase, “yo te explico”, sin que yo te lo haya pedido. ¡¡No me expliques!! pasa por mi mente este grito oprimido, ¡Si te dijera todo lo que estoy pensando mientras vos me explicás!

Te conté que esta planta se me está secando y vos, rápidamente, sin tener la mas mínima idea de plantas, igual que yo, me empezás a explicar por qué, cómo tengo que hacer para salvarla, qué veneno es más conveniente y por qué, adonde lo compro, cuánto sale…¡basta! ¡Callate! Y mi cara dice que sí a cada cosa que “sabés” mientras mi cabeza está explotando en miles de cortocircuitos simultáneos. No te estoy escuchando porque me estoy escuchando a mi, diciéndote que te calles, mientras sigo asintiendo con la cabeza y sonriendo, para no gritar.

Intento cambiar de tema, y te comento que hoy cociné milanesas con puré, y ahí vamos de vuelta…que es mejor si las dejás reposar en la heladera, que si le puse orégano, que si las frío o las hago al horno, que si es en el horno me explicás cómo hacer para que no salgan secas, que las papas se pueden poner con cáscara, y de vuelta me explicás cómo hacer el puré. Y otra vez mi cabeza se enloquece frente a tanto conocimiento no pedido, y otra vez no te pude escuchar porque en mi mente sólo pasan imágenes de mí alejándome, diciéndote que te calles, otra vez, diciéndote que yo las hago como quiero…en fin…

Y así estuvimos horas, yo buscando algún tema sobre el cual no “me explicaras” y vos, explicándome todo sobre todo. Que lo viste en un video de youtube, que te lo dijo tu vecina La Rosa, que una vez lo hiciste así y te salió bien, que es mejor doblar la servilleta de esta manera, que mejor pasar curador en vez de cera, que riego mucho las plantas, que hay olor en la heladera, y quince trucos para sacarlo, los que nunca usaste pero igual los conoces…y así…horas y horas…

Mi mente agotada y desequilibrada, toda yo desenfocada y desarmonizada, porque, como te digo, mi cara y mi mente y mis emociones iban por caminos distintos. Mi mente explotaba de ira, tenía ganas de llorar y mandarte a la mierda, pero mi cara siempre estuvo tranquila y apacible, diciendo que sí todas las veces, ¡¡¡y hasta te re preguntaba!!! intentando disimular mi odio y mi conversación interna con vos. Nunca lo notaste, porque sino, también me lo hubieras explicado.

Un día decidí que no quería aprender más nada, y una amiga vino a contarme que las vainillas salen de las orquídeas, y me arruinó la decisión. ¡Que maldad! Yo ya había desistido del conocimiento, hasta ahí estaba bien. Pero ese día aprendí algo nuevo, inservible, y nunca más me lo olvidé.

Tiempo después decidí seguir aprendiendo, así que volví a abrirle la puerta y lo dejé entrar. Primero entró en forma de libro, pero ya no podía leer libros académicos, así que empecé a comprar libros sobre mí. Al principio leí sobre mi alma, sobre mi muerte, sobre mi vida. Después empecé a leer sobre otras creencias y otros mundos. Con el tiempo empecé a experimentar todas esas cosas que leí, y de repente, me llené de conocimiento. Y recién ahí, a pesar de haber cursado completa una carrera, empecé a aprender.

Aprendí muchas cosas, creo que la más importante de todas, es que tengo mucho por aprender.

Porque, por más que me esfuerce, no puedo evitar disolverte en mi mente cuando venís a traerme “todo eso que me querés explicar” , me meto para adentro y te visualizo como un alma en proceso de aprendizaje, veo tu aura, a tu ángel de la guarda, nos imagino en el espacio de las almas abrazadas amorosamente, recorro tu vida y veo tu dolor, empujo la compasión para afuera, a ver si aparece y hace algo que me ayude, empiezo a rezar pidiendo asistencia a mis guías, a mis animales de poder, a todos los seres de luz que puedan asistirme, te veo niña, hago todo lo que aprendí y que en general me funciona con casi todo el mundo. Menos con vos.

Con vos no me funciona nada. En el preciso momento que me decís “yo te explico” empiezo a retorcerme, se cruzan las tripas y sube el calor a la cara, los pies se acalambran y las manos empiezan a transpirar, evito tus ojos porque tengo miedo de que se me note el brote de violencia que estoy controlando.

¡Ni siquiera me funciona no verte! Porque cada vez que, por alguna razón te cruzás en mis pensamientos, escucho “yo te explico” y todo vuelve a empezar. La discusión mental que tenemos, la ira, el dolor de panza, el calor.

Hay una estrategia que evito todo lo que puedo, y debe ser porque es la que sirve. Darme cuenta de que yo también uso el “yo te explico”…intento convencerme de que no es así, de que yo no soy así…pero la verdad, y te lo digo en secreto de esos que son secretos verdaderos, sí hago eso. No de la misma manera porque el “yo te explico” me revienta la mente. Pero uso otras frases como “en mi experiencia”, “a mi me pasó una vez que…”, “el otro día vi un video sobre eso….”. ¡¡¡Maldición!!! ¡¡¡Maldición!!! ¡¡¡Maldición!!! Tres veces como mínimo ¡¡¡Maldición!!!

Hubo una época en la que yo aprendía cosas sin importancia, como demostrar un teorema o a explicarle a 40 niños a sumar fracciones. No digo que no sean importantes, lo son. Pero no para mi alma…

En este momento mi alma necesita aprender a amarte así, como sos. Porque si lo logro, quizás signifique que también estoy pudiendo amarme así, como soy. Con tantas explicaciones de cosas importantes pero que nadie nos pide. O quizás, necesite dejar de “saber” tantas cosas que no sé…quizás sea el momento de ponerme frente a vos, mi gran espejo, mi gran maestra, y honrar todo ese conocimiento vacío de contenido y por sobre todo, no pedido. Quizás el remedio para esta enfermedad comience escuchándote todo lo que tenés que explicar. Quizás pueda tomar alguna pastilla que me devuelva la cordura cada vez que te pienso. Quizás necesite de mi misma, y tenga que hacer conmigo lo que suelo hacer con otros. Callarme y escucharme. Como estoy haciendo ahora mismo, mientras escribo.

Quizás el conocimiento no sea diferente a la ignorancia o a la indiferencia, quizás todo eso que creo que sé me oculta todo lo que podría saber. Quizás, si dejo que me expliques, o mejor, si te lo pido, empiece a suavizarse mi odio. Quizás deba yo entender o aprender otras cosas antes de aprender esto. Quizás pueda dejar abierta la puerta a todo, también a vos, y ver qué pasa cuando nos volvamos a ver. Quizás la próxima vez, pueda escucharte. Quizás pueda escuchar el dolor de tu corazón y ese sentimiento de vaya a saber qué, que te impulsa inconscientemente a saber y explicar todo. Quizás, nada de esto sea el camino, quizás no haya un camino. Porque quizás no haya que ir a ningún lado ni hacer nada.

Quizás, sólo quizás, deba hacer todo eso, pero conmigo.

 Lo siento, perdón, te amo.

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