El tablero
-Hola…
-Hola..
-¿A qué vine?
-No lo sé…¿a qué viniste?
-Pensé que vos lo sabías….
-Pues no lo sé, vos me llamaste y me pediste una
cita…
-Pero…vine a que me digas para qué vine…creo que
hay algo que tenés que me pertenece…¿vos sabés qué es?
-No, yo no sé para que viniste y tampoco se qué
estas esperando que te de…que yo sepa, nada tuyo tengo yo.
Se miraron un rato profundamente indagando cada
uno en los ojos del otro, buscando en los acantilados del alma el río que fluía
entre ellos. En el medio una mesa de muchos colores, pequeña, del tamaño justo
para sus brazos que estaban apoyados tranquilos. Afuera del círculo dos ángeles
en una mesa similar esperaban cada palabra mientras sostenían en el aire un
tablero de ajedrez ya derrotado, el rey muerto y todas las fichas caídas.
Victorioso, el rey vivo asumía el control del juego ancestral, que había
comenzado varias vidas atrás y le había dado la victoria a uno de los mortales.
Ella dudaba de cómo seguir, no tenía en su
mente ninguna palabra que la sacara de la espera, en un movimiento instintivo le
tomó las manos entre las suyas y una corriente eléctrica los atravesó. Se encontraron
parados frente a frente, uno en cada orilla del río que fluía desesperado y
ansioso, torrentoso, inquieto. En el cielo los nubarrones oscuros lanzaban
rayos y rugidos que les erizaban los pelos y los mantenía inmóviles.
Ninguno estaba sorprendido, ese lugar les era
familiar. Ya se habían encontrado en ese acantilado varias veces en los últimos
siglos. Por fin, se reconocieron. Desde adonde estaban se podían ver a los ojos
mucho mejor que antes, en cada destello del cielo se iluminaban sus sombras
inquietas y oscuras algunas veces, luminosas y resplandecientes otras. Cada uno
tenía en sus manos una ficha del otro y algunas propias. Comenzaron el
intercambio en silencio, sin dejar de mirarse fijamente, mientras en sus
miradas iban pasando destellos de vidas y muertes, de amores y de odios, de
pactos y acuerdos, viejos pero vigentes aún.
No hablaron, de sus bocas no salieron sonidos
en ningún momento, aunque el viento y la lluvia se lamentaban y se estiraban por
ellos. En cada pieza entregada iba un poco de aire y alma, una gloriosa entrega
llena de pasión y de vida, y de muerte. De cansancio por sostener y de alivio por
entregar.
Era doloroso para ambos, de alguna manera tener
las fichas del otro los mantenía juntos, en cada juego nuevo perdían y ganaban
de forma alternada y eso los mantenía unidos. Este último juego había sido
agotador, sentían que ya no podían seguir sosteniendo el tablero, se sentía
pesado y habían usado todas las estrategias que conocían. Ya estaba, era el fin…
Sin dejar de mirarse y con algunas lágrimas
corriendo por sus caras, inmóviles aún, flotaban entre ellos los hermosos
peones de madera de roble, tallados dentro de miles de años por un artesano que
solía soplar las piezas de a una. Los alfiles, las torres, los caballos…fueron
acomodándose cada uno en su caja dorada.
Y llegó el turno de la reina. Esa pieza fue la
más dolorosa, no sé por qué, pero cuando la intercambiaron, con ella los
truenos y relámpagos fueron interminables y crueles. Emanaban sangre de los
costados y se llenaron de llagas con olor a podrido y a muerto. Un hilo grueso
lleno de mierda unía ambas reinas que no podían soltarse.
Atentos como estaban, los ángeles vieron su
dolor e intercedieron ayudándolos a cortar la soga que las mantenía unidas. Envueltos
en un grito de ultratumba ambos soltaron las reinas y entre ellas se creó una
nube de color rosa que las depositó a cada una en su caja, suavemente. El cielo
comenzó a calmarse y el río detuvo su furia, aún quedaba la pieza más
importante, el Rey.
Detuvieron la entrega por un momento, deseando interrumpir
el intercambio, para no extraviarse, para no dejarse, para continuar el juego. Estaban
tan aferrados a esos encuentros que deseaban prolongarlos, sabían que podían dejarse
y perderse quizás para siempre o para nunca…
El silencio era penetrante, ni el río ni el
cielo se atrevían a susurrar. De sus ojos salían rayos de todos los colores,
intimidantes para cualquiera que estuviera mirando, pero eran súplicas y rezos
para ellos. Los ángeles, compasivos, les permitieron despedirse amorosamente,
dejando que se mostraran por última vez sus almas puras, que llegaran ambos al
centro del río calmo para darse el último abrazo antes alejarse por toda la eternidad.
El agua del río no los mojaba cuando se encontraron parados en el centro,
entrando cada uno en el alma del otro, intercambiando un poco de su luz en una
danza de espiral ascendente llena de música que fluía desde ellos e inundaba el
espacio infinito llenándolo de estrellas y soles que giraban al compás de las
notas que emanaban.
Intercambiaron la última pieza en esa danza
amorosa, se tomaron las manos nuevamente y volvieron a la mesa en la que
estaban sentados.
Los ángeles cerraron las cajas doradas y las sellaron
con un suspiro.
Los cuatro se quedaron sentados un rato largo
escuchando cómo las agujas del reloj comenzaban nuevamente a moverse.
Ellos, inconscientes todavía y con la mente
despierta, se soltaron avergonzados intentando entender las sensaciones que
habían experimentado. No pudieron ver las cajas ni a los ángeles, ni recordar
el abrazo que los había separado un instante atrás.
Luego de un silencio aplastante e incómodo,
ella volvió a preguntar
-¿A qué vine?
Y él volvió a contestar
-No lo sé…¿A qué viniste?
-Pensé que vos lo sabías….
-Pues no lo sé, vos me llamaste y me pediste una
cita…
-Creía que tenías algo mío, pero ahora me doy
cuenta de que no es así. Le dijo, y se levantó de la silla, lo saludó mientras
le agradecía el tiempo transcurrido y salió caminando despojada y llena de la
habitación iluminada por la luz del sol que penetraba cálidamente por los ventanales.
Él se quedó perplejo, había sido la sesión más
corta que había tenido en años y la más difícil. Se sentía liviano y suelto.
Durante los días que siguieron se preguntó varias veces ...¿A
qué habrá venido?
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