Ella

 Ella era blanca, opaca, un poco lánguida, un poco delgada. Solía vestirse con una especie de vapor espeso, denso, opaco también. En sus manos llevaba dos llaves doradas. Aunque siempre usaba la misma le gustaba pensar que podía usar, alguna vez, la otra.

Casi siempre andaba descalza, aunque le hubiera gustado usar algún zapato. Le gustaban esos que tenían tacos, altos y elegantes. Miraba con un poco de nostalgia los pies de los mortales, esa sensación de estar erguidos y moverse…Ay… suspiraba algunas veces con un poco de envidia de color gris parecida a una pelota pequeña que se formaba adentro de su espacio.

Ella sufría. Su forma era la expresión de su sufrimiento. Ella lo sabía, por supuesto, se lo habían dicho cuando le dieron las llaves, pero igual las aceptó. Su tarea era la más hermosa y la más difícil de todas, ninguno se había ofrecido pero ella, decidida a ascender esta vez, lo hizo.

Sabía que no iba a ser fácil abrir esas puertas, y que no era por la llave, no, no…era la puerta en sí misma.

Se movía pesada entre la gente sin que la noten, cada tanto alguno medio de reojo la veía, pero cuando se volvía para verla, se ocultaba. Le hubiera gustado que alguien la escuche, la consuele, la acompañe alguna vez para que vea lo difícil de su trabajo y que, quizás, la entienda y la acepte.

Su trabajo era el más amoroso de todo el universo, consistía simplemente en abrir la puerta y dejar salir al prisionero de su jaula. Deberían agradecerle, le dijeron. Pero no lo van a hacer, porque no recuerdan cómo es la libertad.

Estaban tan acostumbrados a sus jaulas que no podían recordar cómo volar, y pensaban que al salir, se iban a caer al infinito sin control, perdiéndose de sí mismos y perdiendo todo lo que habían sido.

¡Pero tienen alas! Decía ella, sin entender cómo podía ser que no lo sepan…

Y cada vez que abría una puerta volvía a pasar, desde sus propias jaulas invisibles los otros enjaulados empezaban a insultarla, a odiarla, a gritarle. El mismo liberado la miraba con odio y la insultaba, un instante antes de salir de la jaula y un instante después también. Y a veces, ese instante duraba demasiado.

Su tarea era simple, abrir las puertas y dejarlos volar. Pero no podía decirles nada, sólo los miraba con sus ojos rotos intentando que escuchen su corazón para decirles que fueron liberados, que tienen que estar felices…que vuelen alto…pero lo único que recibía era odio y desprecio.

Escuchaba los lamentos de aquellos que suplicaban que no abriera su jaula o la de algún familiar, ¡como si liberarlos fuera imperdonable! Y de hecho, no la perdonaban.

También estaban los pedidos desesperados de quienes la llamaban por su nombre ficticio, aquellos que ya no querían esa prisión y deseaban tirarse al infinito.

Con el tiempo se acostumbró a las reacciones, al abrir la puerta algunos salían volando en línea recta hacia el cielo, sonrientes como si no la vieran. Otros, se agarraban fuerte de los fierros retorcidos y oxidados gritando de dolor, y su vuelo era torpe y desorientado. La mayoría iba y volvía aprendiendo a usar sus alas, subiendo y bajando, oscilando entre las otras jaulas intentando entrar, escuchando los gritos que los llamaban desde todos lados.

Todos la odiaban, nadie entendía que su trabajo era el más amoroso de todos.

Lo más difícil era, sin duda, cuando abría la puerta de alguien joven. ¡¡¡Uy!!! ¡Cuánto dolor y cuánto odio recibía de todos! Con esas puertas se arrugaba más que con las otras, todas esas palabras se incrustaban en su ella y se guardaban ahí, achicando los espacios vacíos, comprimiéndola. Su humo espeso y denso se hacía más oscuro.

Con el tiempo perdió toda su belleza y cuando alguien la veía de reojo, se asustaba tanto que perdía alguna vida.

Ella insistía porque quería avanzar, pensaba que alguien alguna vez iba a entender que es solo una jaula de la que todos deseamos salir para volar y ser libres, aunque no lo sepamos.

Tenemos el recuerdo guardado de todas las veces que nos abrieron la puerta, de todas las veces que la odiamos y la destrozamos con nuestros deseos más oscuros, pero para cuando lo recordamos, ella ya no está. Porque sólo abre la puerta y no volvemos a verla, hasta que volvemos a la jaula y de nuevo la maldecimos, y así, vida tras vida olvidamos que ella nos deja salir.

Ella tiene la esperanza de que, alguna vez, alguien le agradezca todo ese amor que entrega cada vez que usa la llave.

Ella sueña con que alguien entienda que el amor, ese del que todos hablan, es atravesar la puerta y desplegar las alas en libertad, plenos y calmos, sin huracanes que nos devuelvan a la tierra, sin dolores ajenos que nos tiren hacia el suelo, con la certeza de que todo está bien y que todos están bien, que una puerta abierta es una oportunidad de volver a ser quienes somos, de reencontrarnos.

El amor, dice ella, es soltar esos hilos invisibles que detienen el vuelo de quienes amamos. Y si hace falta, soplar fuerte hacia arriba para ayudarlo a subir, sonreírle si mira hacia abajo, dejarle un beso en el aire para que lo recoja, y decir su nombre con orgullo, para que lo escuche.

Ella dice también que no puede haber dolor en eso, que sólo nos duele porque estamos tan acostumbrados a la jaula que no podemos ver que, en realidad, somos todos aire.  Que fuera de la jaula y adentro, es lo mismo. Que tal jaula, en realidad, no existe y que la llave tampoco. Que es sólo una metáfora que nos permite jugar el juego una y otra vez.

Ella sueña con usar la otra llave alguna vez, para abrir su propia puerta y desplegar sus propias alas. Pero eso, hermano, sólo va a pasar cuando alguien la mire a los ojos y le agradezca desde su corazón haberlo liberado, no porque ya se haya cansado de su encierro, sino porque recordó sus alas y espera recibir ese regalo de amor que no existe en este mundo, pero sí en el de ella.

 

 

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