Mi piel
Empieza a subir la picazón desde los pies, deteniéndose bastante entre los dedos, avanzando despacio pero incontrolable por las plantas, llegando enérgica a los tobillos, abarcando las piernas resecas y escamosas, abandonadas a su suerte luego de tantos años de desamor y asfixia. Implacable, la molestia ocupa todos los espacios, aún los más íntimos, atravesando la ropa y burlándose de las manos que intentan aplacarla con las uñas, también envejecidas, aunque más útiles, en apariencia.
La piel, esta primera frontera física entre lo
interior y lo exterior, la que recibe todos los rechazos, los abandonos, la que
sufre todas las vergüenzas, la que duele cuando se separa del amor.
Mi piel, coraza palpable que absorbe todos los
dolores que vienen de afuera, la que recibe primero las balas, la que me
defiende en las batallas contra el mundo y contra mí misma. Ella sabe de las
veces que la escondí, que la torturé, que la dañé. Ella sabe guardar secretos y
penas, sabe cómo reestablecerse y volverse a nutrir. Guarda amablemente mis cicatrices
custodiándolas como un carcelero fiel que me impide olvidarlas o ignorarlas.
Con el tiempo se volvió más sensible a los
pensamientos, a los míos. Con cada desilusión, confusión, duda o tristeza en
seguida reacciona cambiando de color y volviéndome loca en una urticaria
insoportable y despiadada, incontrolable y ardiente.
Me gustaría poder entender su idioma, ¿Qué me
está diciendo? ¿Cuál de todas las realidades me muestra? ¿Sigue sufriendo las
heridas viejas o estoy, sin querer, sangrando en heridas nuevas? ¿O son las
mismasiel?
Te resecaste hermosa mía, te agrietaste y te
llenaste de colores, como si el interior intentara salir y vos hubieras
construido escamas como puertas cerradas sin cerradura para impedirlo. Algunas veces
escucho tu respiración agotada, lenta, como haciendo fuerza por continuar,
cansada de tanta indiferencia.
Lo lamento, lamento olvidarte tan seguido,
lamento no saber cómo remediar tu dolor que es el mío.
A veces, me siento encerrada en un frasco de
cristal, mirando el exterior, viendo cómo la vida transcurre mientras yo apoyo
las manos transpiradas en el vidrio, observando con los ojos atentos aquello
que ocurre del lado de afuera, sintiendo el calor y el frío a través de vos, mi
frasco, mi capa externa, mi yo absorbente, mi yo sangrante, mi yo avergonzado y
doloroso, separado alguna vez, muchas veces, de los otros.
Esta piel sabe mucho más de lo que yo sé,
guarda memorias y recuerdos de abrazos y soledades, de rechazos y caricias
suaves, de golpes y heridas de esas que no se ven. ¡¡Si pudieras hablarme un
poco más claro!! Así quizás, podría entenderte y podríamos
amigarnos un poco, por un tiempo, por el tiempo…
Si cierro los ojos te puedo sentir vibrando,
dejando pasar el aire a través tuyo, latiendo. Siento cómo generosamente te
dejás morir en cada instante, por mí. Y yo, sólo veo un caparazón, una
armadura, una cáscara dura que tiene ganas de llorar, de ablandarse, de ceder
para dejar entrar también, no solo salir.
Quizás es eso lo que me decís…
Comentarios
Publicar un comentario