Autobiografía


 

Me pidieron una autobiografía….

¡Qué difícil!

¿Se trata de mí o se trata de vos?

¿Escribo para vos? ¿Lo que te gustaría saber, lo que te parece interesante?

¿Escribo sobre mis logros para inspirarte?

¿Sobre mis fracasos para que no te juzgues? ¿O para que te juzgues menos reconociéndote como persona común?

¿Para que me comprendas y te compadezcas de mí? ¿para que te comprendas y te compadezcas de vos?

Me niego, aunque sé que de todas maneras lo vas a hacer.

¿Escribo para mí? ¿sobre lo que me gusta? ¿Sobre lo que tengo o lo que me falta?

Si es que eso pudiera ser…tener…faltar…

Pero, si escribo es para que lo leas, sino pierde el sentido. ¿Cuál es el sentido de escribir si nadie lo lee?

Entonces, escribo para vos, pero oculto detrás de mis palabras, quizás un poco torpemente, lo que escribo para mí.

¿Podrás darte cuenta? Espero que no, así tomás como propio este texto y te reflejás en él. Al menos, hasta que termines de leerlo.

Voy a empezar diciendo de mí que tengo un nombre, aunque nunca lo sentí completamente propio, nació conmigo. También tengo un apellido. Eso siempre me pareció injusto, ¿por qué ese apellido y no el otro?

Tengo una nacionalidad, ya que a alguien alguna vez se le ocurrió que los lugares tienen límites y nombres propios, y nosotros, los mortales, pertenecemos a algún lugar. Aunque después, en la práctica, los lugares nos pertenecen. Contradictorio, ¿no?

También tengo un género y una orientación sexual, nací mujer en un mundo de hombres y soy heterosexual porque no sabía que podía no serlo.

La vida me hizo madre. ¡Qué locura esto de ser madre! ¡Cómo se le ocurre a la vida darme esa tremenda responsabilidad! ¡Tanto confiaba en mí!

A veces, el universo te pone en situaciones límite, te desequilibra, te descoloca, te atropella. Pero vos, ni cuenta te das y lo tomás como tomás todo lo demás. Como tu nombre.

Así me descubrí madre intolerante, frustrada, autoritaria. No debería haber confiado tanto en mí este universo.

También leal, confiable, presente. ¡Qué suerte que confió en mí! Creo que no lo hago taaaan mal….

¡Ay! ¡qué difícil es ser algo distinto de lo que aprendiste!

Lleva dolor encontrarse en el fondo con uno mismo, ver la cara enloquecida y sentir el olor a podrido de la carne vieja, heredada y no tanto, que te llena los espacios y los ocupa con mierda.

Hacerse cargo le dicen…¿de qué? ¿de quién soy? ¿de quién fui? ¿De lo que hice?

¿Y la culpa?

Transitala….me dijeron… la puta madre…

Y la transité.

Y al hacerlo me liberé un poco, no tanto, no del todo. Porque sigo respirando y eso cambia todo.

No puedo contarte quien fui, ni tampoco quien soy. Es imposible. Eso me dejaría como una foto, estática, muerta, detenida.

Tampoco puedo decirte que quiero o qué me gusta, porque eso me dejaría en la espera de que todo siga siendo como es o que llegue aquello que tiene que llegar, sabiendo que quizás, en ese momento, ya no me importe.

Hoy no me gusta cocinar, aunque lo hago. Quizás un día me guste, no lo sé. Antes me gustaba.

Hoy sólo quiero disfrutar mis momentos conmigo, aunque eso, muchas veces, me desconecta del mundo al que pertenezco.

Ahora, en este momento, tengo ganas de escribir. Aunque a veces tengo ganas de pintar, otras de dormir, otras de rezar, otras de viajar. También, aunque no lo creas, a veces tengo ganas de reír y de bailar.

Contarte algo de mi es limitarme al espacio que habitan las palabras, limitadas en todas sus formas y dialectos, constructoras de realidad y por lo tanto peligrosas. La realidad no tiene límites ni formas, ¿cómo podría ser descripta entonces usando palabras?

Yo soy, quien soy.

Eso es suficiente para mí. Y es demasiado. Porque hay un alguien ahí detrás, y ese alguien existe por sí mismo. Y yo, prefiero que no exista. Me gustaría que la frase fuera solamente Yo Soy, pero no puedo dejar de escribir el resto de la oración. Todavía…

Hay mucho de mí que me gustaría contarte, a pesar de todo lo que te dije.

Aprendí a escuchar lo más posible, a dejar que caigan las lágrimas cuando aparecen, a pedir perdón todo lo que puedo, a aceptar todo lo que me sale aceptar, a callarme cuando otros gritan, a hablar cuando es el momento, a no decir nada si no sé que decir, a no saber qué decir pero sí saber abrazar y dar la mano.

Aprendí que no soy imprescindible pero sí importante, que todo llega si tiene que llegar, que sólo hay que hacer lugar.

Aprendí que a veces, muchas veces, todo es demasiado y poco es suficiente.

Que si no podemos sostenerle la mano a otro, no necesitamos las manos.

Que si no podemos sacarle una sonrisa de paz a un hermano, alguna vez al menos, no aprendimos nada.

Que todos, absolutamente todos, nos estamos buscando y encontrando permanentemente, sin descanso, aunque no lo sepamos. Y creo que hasta ahora ninguno se encontró, porque estoy convencida de que cuando eso pase, dejamos de respirar y comenzamos un nuevo camino sin cuerpo, sin dolor, sin enfermedades, sin culpa ni miedo, ni límites.

Aprendí que tengo mucho que aprender y que además quiero hacerlo, pero de una manera libre, sin formas, sin palabras. Solo dejándome ir cada tanto y volviendo cada tanto, pero quedándome lo mas posible en todos los lugares visibles o invisibles del universo de mi alma. Ahí, adentro o afuera de mi galaxia interna se encuentra el silencio mas abrumador que existe, y es hermoso.

No puedo invitarte, lo siento. Porque solo podés acceder a mi galaxia una vez que hayas encontrado y habitado a tuya.

Y cuando eso pase, no vas a necesitar invitación. Nos vamos a mirar profundamente y nos vamos a habitar mutuamente, aunque no nos conozcamos nunca.

 

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