ilusiones y realidades



¡Ay, querida! Si fuera tan fácil no tendría sentido.

Dijo el viejo, alejándose con una sonrisa sin dientes, bastante encorvado y apoyado en un bastón viejo, su cuerpo gastado y chiquito, como empequeñecido por los años y los dolores antiguos, pero ya sin pesos colgados de su espalda huesuda, aunque fuerte todavía. Se lo veía liviano, como flotando en sabiduría, todavía podía darse el gusto de divertirse conmigo, o de mi.

Se alejó sin darme ninguna respuesta, escuché su risa unos metros más allá mientras se iba despacio, desparramando inocencia atendiendo fuertemente a los desniveles de suelo para no caerse, otra vez.

Y yo me quedé parada un rato con cara de sorpresa inanimada, con la boca abierta invitando al aire a entrar otra vez, sin respirar de la indignación.

Así cualquiera es sabio, dije en voz baja. Siempre la misma respuesta, siempre la misma sonrisa cómplice del universo, como quien guarda un secreto que todos conocen pero que no saben. Otra vez me dejaba sin respuesta. Siempre lo mismo.

Con un largo suspiro de cansancio, me senté en el banco más cercano, empecé a mirarme los pies, las piernas, “tendría que depilarme, las uñas necesitan un poco de cariño y una tijera” pensaba distraída del mundo que ocurría alrededor en un intento de despejar mis pensamientos de desilusión y enojo que me había dejado e viejo.

Me agaché para agarrar una piedra que me llamó la atención, era negra, ¿un carbón?

Había agua de lluvia en un charquito cercano, lo miré, no parecía profundo y quise ver mi reflejo, total, tenía que esperar un buen rato.

Me paré cuidando que mi vestido amarillo no se levantara con el viento de otoño como las hojas de los árboles a mi alrededor. Caminé hacia el charco y me asomé. Estoy muy despeinada…¡que cara de dormida! Tendría que haberme peinado…siempre me olvido…

Me pregunté si sería profundo, así que me saqué la sandalia del pie derecho y lo metí. Mientras volvía a pensar en mis uñas y mis pelos, una mano negra y peluda, con uñas como garras me atrapó y me hundió en el pequeño charco de agua de lluvia.

Estuvimos cayendo durante, al menos, dos días y medio, según conté. No pude preguntar nada en ningún momento ya que si abría la boca, me llenaba de agua y pasto. Así que tuve que esperar, otra vez, a llegar a algún lado. No me importó tanto, después de todo, tenía que esperar un buen rato todavía.

Al fin llegamos, dije, sacudiéndome el vestido amarillo y poniéndome la sandalia nuevamente. ¿Y ahora? Pregunté. La mano negra y peluda estaba en un brazo enorme que a su vez se conectaba con un cuerpo que tenía una cabeza erguida y también negra, pero no peluda. De hecho, era muy raro que tuviera pelo por todos lados excepto en la cabeza. Me pareció gracioso y me reí. Creo que no le gustó mi risa porque enseguida se dio vuelta y se fue caminando rápidamente alejándose de mí. Tuve que correr para alcanzarlo y casi no lo logro, si no fuera porque de tanto correr se tropezó y se cayó en un charco de agua de lluvia e, inmediatamente, desapareció.

¡Apa! Dije yo, ¿otro charco profundo? Dudé un momento, pero, al mirar a mi alrededor, vi que estaba sola y que no tenía sentido quedarme de esa manera, así que me metí, quería encontrar al peludo pelado que me había succionado.

Pero sólo me mojé los pies. No era profundo, al menos no lo era para mí.

¿Qué pasó? No entendía muy bien cómo la cosa pelada y peluda se había hundido y yo, mucho mas pequeña que él, sólo me mojaba los pies. Debería hundirme…pensé. Otro que me deja en banda…y volví a sentarme, pero esta vez en el pasto, miré mis manos y noté algunos lunares y arrugas nuevas. Debería usar cremas….

Un rato después me dormí profundamente esperando que pase algo o alguien, sin tener idea de qué o quién. Me despertó la terrible picazón que sentía en todo el cuerpo por el contacto con el pasto, “debería tomar los antialérgicos” susurré enojada porque, como siempre, no los tenía conmigo. Con agua del pequeño y profundo charco selectivo me lavé con la esperanza de que la picazón terminara.

En eso estaba cuando vi el reflejo en el agua de una luz brillante y amarilla que se movía haciendo círculos, entraba y salía de charco desapareciendo en el cielo y en las profundidades del abismo charqueño, que evidentemente, sí era profundo para esta luz.

Traté de agarrarla varias veces hasta que, al fin, la tomé. Vibraba rápidamente y mis manos comenzaron a entumecerse y a quemarse dolorosamente hasta que tuve que gritar, y al soltarla me caí hacia atrás y ella siguió su danza circular, arriba, abajo y vuelta a empezar.

Me saqué el vestido, lo puse alrededor de mis manos y volví a intentar. No quería quemarme pero sí quería sostenerla lo más posible, era una luz hermosa y su vibración me había hecho cosquillas en lugares de mi cuerpo que ni sabía que tenía. Tendría que bajar de peso….este vestido ya no da más, debería haberme puesto otro…

Al fin lo logré y comenzó el cosquilleo más dramático de mi vida, me revolqué en el suelo durante, al menos, cinco segundos que parecieron miles de horas. La luz luchaba ferozmente por seguir con su danza y yo por impedirlo. Es que esta sensación era nueva para mí y si bien era muy pero muy rara, mas que el pelado peludo, me encantaba.

Cuando logró escaparse de mis manos, mi vestido estaba completamente agujereado y con marcas de quemadura por todos lados. Decidí que me daba lo mismo, así que me lo puse.

Entre mis uñas, mis pelos, mis lunares, mis arrugas, el vestido y toda yo parecíamos un dibujo mal hecho o hecho por un mal dibujante, que no es lo mismo.

Ya tenía ganas de volver, aunque no tenía ni idea de cómo hacer eso ya que tampoco sabía cómo había llegado a este lugar. El succionador había desaparecido y sólo quedaba la luz que comenzaba lentamente a desvanecerse. Ella también se va, pensé.

¿¡Alguien me puede ayudar!? Grité en todas direcciones varias veces impostando la voz como de una niña pequeña, todos se apiadan de una niña pequeña, pero de mí, con esas uñas y ese pelo…

Volví a gritar, pero nadie me ayudó, otra vez. Tendría que haberme puesto otro vestido, pensé nuevamente afirmando mi primer pensamiento. Siempre estaba bueno darme la razón sobre cualquier cosa, me hacía sentir más tranquila.

Empecé a hablar en voz alta por si alguien me escuchaba y se apiadaba de mí, una vez más. Quizás, en este lugar extraño alguien o algo podía estar presente sin que yo lo notara, existen realidades así, según dicen.

¡Necesito salir de acá! ¿Por favor, alguien podría ayudarme? Me caí en un charco muy profundo, ¡ba!, en realidad me succionó un ser peludo pero pelado que luego me dejó sola, y no pude entrar a este charco porque no es profundo para mí, y esa luz tampoco quiere ayudarme, ¡y no sé cómo volver!

Usé distintas voces, de niños, de ancianos, con llanto, con alegría, con angustia. Nada funcionaba. Probé con la mía. Casi no la reconocí ya que nunca la usaba realmente. Debía aprender canto u oratoria, pensé.

Y ahí estaba yo, toda quemada, con uñas largas, despeinada, casi sin voces ya que usar, pidiendo otra vez ayuda para salir del charco profundo en el que entré, atendiendo fuerte a mi apariencia desprolija, con arrugas y lunares por todos lados, sin antialérgicos, esperando como siempre a que algo o alguien me llevara de vuelta al mundo.

¡Ay querida! Si fuera tan fácil no tendría sentido. La voz me resultó conocida, se escuchaba cerca pero resonaba con un eco profundo rebotando sobre todas las cosas invisibles que se encontraban presentes. Invisibles para mí, por supuesto. Me di cuenta porque al chocar sobre las superficies el eco extraía colores de todos los objetos y personas presentes.

Un rato los miré, vi los azules emanando de todas direcciones, los rojos, dorados, amarillos, verdes….todo era multicolor. Miles de arcoíris se formaban frente a mis ojos, todos brillantes, todos etéreos.

Y volví a mirarme el vestido agujereado y pensé, otra vez, en él. Eso me llevó a mis pies, a mis uñas, a mi miseria. Y todo se volvió, otra vez, gris.

El viejo, se acercaba con una sonrisa repleta de dientes blancos. Sus brazos peludos asomaban debajo del traje gris y su cara luminosa irradiaba una luz blanca inquieta que no dejaba de girar sobre su cabeza.  Me miró, como siempre, y volví a preguntar si podía ayudarme a salir.

Como toda respuesta volvió a sonreír y a alejarse, otra vez…

 

 

 

 

 

 

 

 

 










 










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