Dicen que hay cierta clase de pájaros
Dicen que hay
cierta clase de pájaros, que cuando ven destrozado su nido, se precipitan al
abismo porque no pueden soportar el dolor.
Así, con la
mirada fija en el desastre se rompen por dentro y la ceguera los invade de tal
manera, que lo único que existe es el nido que perdió y que no concibe en otro
lugar, en otra ladera, en otra montaña.
Y pierde de
vista la belleza del paisaje y la oportunidad de volver a crear uno nuevo,
distinto, con otras ramas y otras hojas, quizás más cálido, mas seguro, mas
propio.
Y sus
huevos caídos entre las grietas, quizás aún con vida, quedan postergados
también por la mirada fija sobre las ramas viejas y rotas que ya no abrigan, que
ya no cuidan, que ya no existen.
Ese era su
nido, era el lugar en el que se pensaba y se cobijaba y en el que había
decidido morir un día.
Pero ya no
estaba, y lo único que podía saber era que le daba lo mismo la muerte que la
vida. Y elegía la muerte, el abismo, la sangre. El fin. No era una elección
sincera, es que era esa clase de ave…
Y sus
huevos, atrapados entre las ramas rotas, inconscientes del abandono, esperaban
el regreso imposible de quien se había estrellado contra el suelo.
De entre esas
aves, una vez, hubo una que hizo algo distinto: eligió llorar.
Y las lágrimas
cayeron por sus plumas negras y azules durante mucho tiempo, las lloró mientras
recogía sus huevos sin saber si aún tenían la esperanza de nacer, se sostuvo
mientras de a poco recogía otras ramas, otras hojas y las acomodaba
amorosamente sobre una roca un poco más reparada en la ladera de otra montaña,
no tan lejos, pero muy distante.
Y mientras
lloraba y se arrojaba a su abismo interno, y lo habitaba, resistiendo las ganas
de estrellarse contra las rocas, eligió.
Sí, eligió.
Eligió la esperanza, eligió la vida, eligió dejar atrás el viejo nido que ya no
existía, pero que tantas veces la había resguardado de las tormentas, había
visto nacer a tantas otras como ella, la había calentado y también protegido. Había
sido su refugio, su hogar.
Eligió
agradecerle, honrarlo, darle un último beso. Y partir. Se llevó con ella lo
único que le pertenecía, su amor, sus ganas de seguir anidando, su pasión por
el vuelo y su esperanza, que mas bien parecía una certeza, de que había todavía
muchos huevos que cuidar, muchas alas que desplegar, muchos cielos que dibujar.
Y se fue, cuando el nuevo nido estuvo listo acomodó los huevos, lloró varios
meses más, pero para ella, un ave libre, fueron unos instantes. Las aves no
saben nada del tiempo.
Y cuando al
fin los pequeños salieron a la luz, ella los cobijó y los guardó hasta que
pudieron volar solos. Y esos hijos ya no se iban a tirar al abismo si su nido
se perdía alguna vez.
Ella supo
entonces que no importaba cuantos nidos perdiera, siempre iba a encontrar una
roca nueva, una montaña fuerte, un viento suave y un sol caliente que navegar. Y
que siempre, además, iba a poder seguir eligiendo.
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