Nuestra muerte

 




Estoy segura de que era en el futuro, porque algunas personas que hoy son jóvenes no lo eran tanto. Pero yo sentía que era hoy.

No recuerdo bien cuál fue la primera imagen, pero sí haberte visto vivo unas dos veces y luego ya no.

En una cama, en un recuerdo, con una bata. Tu cara era la misma pero era otra, tenía otra paz. Yo no sabía que te morías, pero vos sí. Habías tenido cancer y no me lo dijiste.

Y yo todavía sentía esa bronca en el corazón que me nublaba las palabras y los recuerdos, que una vez entró en mi y nunca se había ido.

De repente estaba él también ahí, tomando el lugar que una vez había sido mío. Le hice preguntas incómodas mientras todos me miraban con desaprobación. Igual insistí: ¿Qué clase de persona sos, sabías que estaba casado? ¿No te importó mi existencia?

Lo raro, acá, es que estaba tu familia, tu mamá, tu hermana, nuestra hija. Pero nadie parecía llorar ni sufrir. La única era yo. Que, aunque tampoco lloraba me sentía desolada, sola, vacía y con un enorme hueco en el corazón.

Varias imágenes fueron pasando, y buscando en tu compu encontramos algunas frases y recuerdos tuyos de tu otra vida, estaba nuestra hija ahí conmigo y me decía que no mire esas cosas. Yo igual quise ver, y la que recuerdo, era una foto en la que había dos tazas de café, dos manos agarradas y una frase escrita que decía algo así como: por primera vez me animo a ser feliz. Me sentí muy conmovida, una mezcla de tristeza, compasión, amor y desolación. ¿No fuiste feliz conmigo, ni una vez?

En otra imagen, creo que anterior, estabas en la cama acostado, bastante más flaco y bastante mas triste, pero sereno. Creo que me hablaste, no se porqué yo estaba ahí pero no te miré y no te escuché. Seguí caminando hacia algún lugar y me fui.  

Luego, yo caminaba por una vereda en algún lugar y pasaba por la puerta de una cochería, en ese momento sacaban un cajón marrón para subirlo al coche fúnebre. Pensé que eras vos, pero no lo eras. Hacía rato te habían llevado.

No te vi, no te hablé, no te perdoné. Me llevé a la tumba, a la tuya, mi enojo y mi falta de perdón. Mi silencio y mi dolor.

Vuelvo a la escena en la cama, con tu mamá, que también estaba rara. Era la única más joven que ahora. Y pregunto en voz alta ¿Resulta que me voy a tener que fumar a este tipo ahora? Un poco en broma, un poco enserio lo decía. Y todos se reían porque por alguna razón, la respuesta era sí. Y yo quería que así fuera. Era lo que quedaba de vos.

Un poco antes, supongo, yo te mostraba una herida en mi cuerpo, no recuerdo bien en qué parte, pero supuraba pus. No me prestabas mucha atención, pero sí la viste, era un hueco que se hacía cada vez mas grande y me dolía mucho. Yo quería mostrarte que el pus estaba atrapado, no fluía, entonces apretaba con ambas manos, me aguantaba el dolor y se asomaba despacio un pus medio amarillento. No recuerdo tus palabras, pero no me prestabas mucha atención. Estabas en otra. Yo solo quería que la mires, no sé para qué.

Era un futuro, no tan lejano, pero se sentía como si fuera hoy. El dolor, el enojo, el pus, el hueco.

Y sentía tanto dolor, el mundo estaba vacío ahora, me sentía sola, otra vez. No sentía ya el enojo pero sí un terrible arrepentimiento, una dolorosa necesidad de decirte tantas cosas que guardé en ese hoyo, seguramente. Sentí una profunda tristeza porque partiste sin decirme y yo me quedé con miles de palabras guardadas.

Y me miré  y vi que me volvía a sentir abandonada, igual que el primer día. Y me pregunté si valió la pena.  Si fue real.

Me desperté con una sensación de desolación en cada parte de mi cuerpo, y mi dedo chiquito del pié derecho tenía una ampolla enorme y dolorosa, llena de pus. Y el reloj me marcaba las 04:44. No podía dormir del dolor en el corazón. Mi corazón estaba roto, otra vez. Pero creo que esta vez lo rompí yo.

Me levanté a llorar tu muerte, que aún no ocurrió. Y mi tristeza que sí ocurre, pero que no quiero sostener para volver a morir.

El mundo no me gusta sin vos, la verdad. Prefiero que estés aunque sea así, en silencio y tan lejos.

Me pregunté por qué este sueño me fue entregado, y creo que la razón es que anoche, antes de dormir, pedí, entre otras cosas, sinceramente y de corazón, que encuentres el amor, la paz y la tranquilidad que tu alma anda buscando. Aunque yo no forme parte de ese mundo, que seas feliz y que no te rompan el corazón. Y fui sincera, en serio.

No garantizo que lo siga deseando, pero anoche realmente lo sentí. No sé si te lo merecés, yo no soy quien para saber eso, pero al orar, oré por vos. También por mi, por mi corazón, para que no guarde nunca más rencor.

Y ellos me mostraron cómo lo guardé hasta tu tumba, y lo desolador que se siente el mundo sin vos y con mi garganta llena de palabras sin decir.

Sentí que fuiste feliz, o al menos que te encontraste. Y te amaste. No se si te arrepentiste de algo, tuve la sensación de que estabas en paz con vos mismo. Y yo no.

Hay como dos realidades en mí ahora, una llena de compasión y de arrepentimiento, de paz y de tortura por una vida extraña, desconocida que está ocurriendo ahora y podría seguir siendo así. Y otra, más concreta, llena de bronca y de necesidad de odiar, de falta de perdón y de necesidad de seguir así, porque sé que tengo razón. Esa segunda versión sólo quiere verte sufrir. La primera no, quiere que seas feliz.

Pero eso es respecto de vos ¿Y yo? ¿Qué quiero para mi?

No quiero arrastrar esto ni un minuto más. No quiero la bronca, ni el odio, ni tener razón. Elijo el amor, otra vez y vuelvo a entregarme a Dios. Pero hay una lucha interna que me discute acaloradamente sobre ganar y perder, lo justo y lo injusto, lo que es y lo que debería ser.

No quiero escucharla, ya me cansó. Quiero entregar las armas y reposar. Es una pelea en la que sólo se puede perder. Alguno pierde y todos soy yo misma.

No quiero que llegue tu muerte o la mia y que vuelva todo al inicio nuevamente. Que el dolor sea por el capricho, por la injusticia. No quiero no verte y no hablarte por odio. No quiero estar ausente por orgullo, no quiero que el mundo se quede sin vos. Pero eso no está en mis manos, lo demás sí.

¡Qué triste estoy! En este momento todo eso sigue siendo real, y me pregunto cómo cambiarlo. Pero no veo ninguna manera, ahora. Ya que no sólo depende de mí, también de vos.

Lo lamento, lamento todo. Lamento tu dolor aunque sé que es tuyo y que nada tiene que ver conmigo. Lamento mi dolor aunque sé que es mío y nada tiene que ver con vos.

Pero se mezclaron de tal manera que ya no sabemos qué es de quién.

De repente me invade un miedo profundo por lo que viene, y una gran parte de ese miedo es sobre vos, sobre mí. ¿Qué vas a hacer cuando te des cuenta de todo? Porque hoy, igual que yo, vos estás lejos. Viviendo una ilusión de paz.

La buena noticia es que esa paz va a ser real muy pronto, y te va a impulsar tan fuerte que vas a atravesar rápidamente el portal.

No puedo saber si me buscaste o si me necesitaste, sólo sé que yo te necesité. Pero no te busqué.

Son las 05:55 y ya dije todo lo que recuerdo. Fue un sueño, es verdad. Pero me mostró quien puedo ser, y no me gusta esa yo del futuro.

El tiempo pasa lento cuando hay ausencia.

 

 

 

 

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Querida abuela

El mensajero

Me miro