El hogar según Dios

 



Su voz es suave pero intensa, me habla en susurros firmes, como un padre (supongo) como un hombre también, y como una madre, creo.

Es una voz masculina pero que tiene la suavidad de lo femenino. No me deja dar tantas vueltas, no me deja distraerme, me lleva siempre al centro.

Y me muestra un pequeño punto en el centro del pecho del que emano toda yo.

Es un punto de color rojo fuego y no muy brillante, sinceramente. No tanto como yo hubiera querido.

-Pero está ahí, ¿lo ves? Me dice…

-Ahora lo sabés, te toca tu parte.

Lo siento un poco cansado, como si hubiera estado muy ocupado conmigo, como si le hubiera dado mucho trabajo.

-Fuiste difícil pero ya estás lista. Me indica que respire y lo expanda.

En mi rostro una sonrisa suave y unas cuantas lágrimas me bañan. No me sorprenden, hace rato que ando dibujada de alegría.

Me detengo un rato porque tengo que bailar esta canción, él se sienta a esperar con mucha satisfacción. Se cruza de piernas y se sonríe. Creo que ya lo había visto alguna vez.

Enseguida vuelvo.

No quiere bailar conmigo pero no me deja sentarme, sólo me observa lleno de satisfacción. El cuerpo se mueve y cierro las ventanas por si mis vecinos duermen la siesta. Y subo el volumen y disfruto de un baile con todos.

Aunque cualquiera podría decir que estoy sola.

Y la pequeña lucecita roja se hincha y se envuelve de un aro dorado fosforescente  y comienza a crecer igual que mi sonrisa.

Se siente raro, es como un vacío, como un agujero.

Me empieza a envolver de a poco, yo no caigo en ese pozo, ese pozo me habita y yo lo habito.

Aunque no es un pozo, se parece a una estrella naciendo, a un sol muriendo, a un torbellino de oscuridad con vórtice inmóvil.

Tengo que contener la respiración para darle espacio, creo que me voy a deshacer pero no tengo miedo. Lo permito.

Empiezo a respirar más profundo, tratando de no temblar aunque no lo logro del todo. Mis piernas  y mis brazos, mis venas se sienten temblorosas e inquietas, vibrantes.

En mi rostro observo una expresión extraña como de dolor, pero no duele.

Él sigue ahí, festejando mi baile y mi agujero.

-¿Qué es? Le pregunto

-Vos, me dice.

-¿Yo soy un agujero en el pecho?

Se sonríe y no me dice nada más.

Me canté para mí todas las canciones, y desde ese punto cada vez más brillante salían muchas luces de colores. Algunas veces era rojo, otras veces negro.

Pero seguía creciendo al ritmo de mi sonrisa.

Agarré una de ellas, las sonrisas, y la mandé para el agujero a ver qué pasaba. Se la comió.

Y me dieron más ganas de llorar y además empecé a sentir un perfume dulce.

Empecé a enviar más y más gestos y todos se perdían en el pozo y más ganas de llorar tenía yo.

Pero, extrañamente, me sentía cada vez más amada.

 

 

 

 

 

 

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