Kilómetros de miedo
¿Qué pasa cuando dejan de pasar las cosas que siempre pasaron?
¿Qué pasa cuando dejan de estar las personas
que siempre estuvieron?
¿Qué pasa cuando lo construido se derrumba?
Sentís que el tiempo se detiene, que el aire
esta enrarecido, que la comida no te llena y que la respiración se estanca en
algún lugar del pecho. ¿o no?
Tu primer pensamiento es “ya sabía, lo vi
venir” ó “otra vez, no tengo que confiar” ó un montón de ideas de la víctima
antigua que te invaden la mente y un poco también el estómago.
Empezás a buscar soluciones a problemas que no
existen, reemplazos de personas, sustitutos de cosas, piedras y ladrillos para
levantar paredes. Rápido, apurado, desesperado.
Esta búsqueda puede durar el resto de tu vida.
O quince segundos.
Y entonces, mágicamente, ves que todo eso que
se fue, que se disolvió, te deja ver el cielo y los caminos que siempre
estuvieron ocultos detrás de la costumbre, del hábito, de lo de siempre.
Y te morís de miedo.
Porque no sabés de esos caminos.
De repente, las cosas de siempre dejan lugar a
las cosas impensables que nunca habían estado ni en tus sueños. Sueños que
empiezan a aparecer, futuros posibles y presentes temblorosos que oscilan entre
el deseo y la atadura, pero llenos de aire.
Las personas de siempre se corren y empiezan a
aparecer rostros nuevos, que ya no van a ser los de siempre nunca más, porque
sabés que también un día se van a ir.
Y las ruinas de lo que fue se transforman es
espacios posibles para habitar. Espacios reales, concretos, y distantes. Tan
distantes como seas capaz de imaginar. Hasta ahí.
Y te morís de libertad.
Te apabulla tanta posibilidad, querés mirar los
templos caídos en busca de los viejos Dioses y ya no están. Seguís viendólos y
pidiéndoles que se queden, pero ya se fueron y no tenés más nada que hacer ahí.
Te sentás un rato a observar el desastre que,
de a poco, también se diluye y cambia los colores del cielo y del aire, que
empieza a entrar y salir con más fuerza y más limpio, con más vida.
Sí, te da pánico.
Pero entendés. Entendés que ese templo ya no te
pertenece y vos no le pertenecés.
Te duele, sí.
Recordás los viejos tiempos en los que sentías
que tu castillo era sólido y permanente.
Pero no lo es.
Y tenés miedo de volver a levantar paredes, y
aunque te morís de ganas de hacerlo, no lo hacés.
Por que sabés, en tus entrañas, que tu vuelo
está por comenzar ahora.
Volar nunca fue un sueño para vos. O al menos
no como ahora lo ves, sin hogar, sin necesidad, sin ataduras. O mejor dicho,
con tu hogar interno, tan necesario como el aire, que tanto te costó construir
y sostener.
¿Vas a seguir insistiendo? ¿o vas a volar?
Los que se fueron, bien idos están. Lo que ya
no está, bien desaparecido es. Los castillos de arena que parecían de piedra, en
hora buena se cayeron.
Y un poco te enoja este desapego forzoso que no
elegiste (¿o sí?)
Y te llenás de preguntas sobre cómo seguir, con
quién compartir, cómo vivir una vida tan distinta de la que conocés.
Y te cortás un poco las alas para no pretender
tanto. Te bañas de plumas ensangrentadas y las mirás con nostalgia. Sí, son
tuyas.
Sangrás, pero sabés que esta sangre es
completamente tuya. Porque también sabés que te las cortaste vos por no querer
saber y por miedo.
¡Ay, corazón endurecido! ¡Esto de ablandarte es
tan doloroso!
Y ya no podés hacer lo de siempre para no ver,
y ya no tenés a quien contarle que tenés plumas y que te las querés arrancar, y
no hay un techo bajo el cual llorar.
Y entonces, empezás a hacer lo que nunca
hiciste: mirar. Y a encontrar en el silencio tu propio confidente y tu gran
maestro. Y el cielo es el nuevo techo que te cobija.
Y tu Dios, nunca habitó en ese templo.
Lo ves, le hablás y él te cobija y te cubre de
estrellas.
Tu nuevo hogar.
Lleno de posibilidades, infinitas opciones y
kilómetros de miedo.

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